Llevábamos tres meses dándole vueltas al mapa de Perú, tachando sitios, añadiendo otros, calculando distancias y horarios de vuelos. Dos semanas para un país del tamaño de Perú nos parecía poco, pero era lo que teníamos, ya que unos amigos se casaban y habíamos planeado un viaje de dos semanas con ellos, boda incluida. Al final optamos por una ruta que tocara los tres ecosistemas principales: Lima como puerta de entrada, Cuzco y el Valle Sagrado para la aclimatación antes de Machu Picchu, Puno y el Titicaca para conocer el altiplano, y el Amazonas desde Iquitos como broche final.
Os cuento nuestra ruta día a día, con los precios que pagamos, los transportes que funcionaron y los que no, los hoteles donde dormimos y todos los detalles prácticos que necesitáis antes de hacer las maletas para que vuestra planificación sea más sencilla 😉
Antes de salir: preparativos y datos prácticos para viajar a Perú
Perú no es de esos destinos a los que puedes ir improvisando sobre la marcha, especialmente si quieres entrar a Machu Picchu en temporada seca (os recomiendo mínimos seis meses antes).
Vuelos internacionales y conexiones
Volamos con Air Europa desde Madrid a Lima en vuelo directo de unas 12 horas. LATAM e Iberia operan la misma ruta, aunque los precios suben y bajan bastante dependiendo de cuándo reserves. Nosotros pagamos 800 euros por persona ida y vuelta reservando con siete meses de antelación, que no está mal para temporada seca, y seguramente ahora sean más altos.
Desde el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez salen vuelos internos a Cuzco (1h 20m), Arequipa (1h 40m) e Iquitos (2h). LATAM domina el mercado, aunque Sky Airline y JetSMART suelen tener tarifas más baratas si reservas con tiempo.
Visado, vacunas y seguro de viaje
Los españoles no necesitamos visado para entrar como turistas. Sólo el pasaporte en vigor con al menos 6 meses de validez. Al llegar te sellan el pasaporte y recibes la Tarjeta Andina de Migración en formato digital (ahora se registra automáticamente). Puedes quedarte hasta 183 días acumulables en un año.
En cuanto a vacunas, no hay ninguna obligatoria para entrar. Eso sí, recomiendan la de la fiebre amarilla si vas a la selva amazónica o zonas por debajo de los 2.300 metros. Debe ponerse al menos 10 días antes del viaje. También convienen las de hepatitis A y B, tétanos y fiebre tifoidea.
El seguro de viaje no es obligatorio, pero nosotros lo contratamos sin dudarlo. España y Perú no tienen acuerdo sanitario y cualquier consulta médica va por tu cuenta (en Lima puede costar varios cientos de euros). Contratamos una póliza con cobertura de 500.000 euros en gastos médicos que incluía asistencia en altura superior a 3.000 metros… fundamental para Cuzco y Puno.
Mejor época para viajar a Perú en dos semanas
Perú tiene dos temporadas: seca (de mayo a octubre) y de lluvias (de noviembre a marzo). Para una ruta que combina costa, sierra y selva como la nuestra, la temporada seca es la opción inteligente. Nosotros fuimos en septiembre y acertamos: cielos despejados en Machu Picchu, temperaturas agradables en Cuzco y menos turismo que en pleno verano.
Junio, julio y agosto son temporada alta, con precios elevados y aglomeraciones en todos lados. Si podéis elegir, abril, mayo, septiembre u octubre ofrecen el mejor equilibrio entre buen clima y menor masificación.
Reservas anticipadas imprescindibles
Machu Picchu fue lo primero que reservamos, con cuatro meses de antelación. Las entradas se agotan rápido, especialmente para los circuitos más completos. Si queréis hacer el Camino Inca, necesitáis reservar con 5 o 6 meses porque los cupos son limitados (y recordad que cierra todo febrero por mantenimiento).
También reservamos con tiempo los billetes de tren PeruRail de Ollantaytambo a Aguas Calientes y el alojamiento en los lodges del Amazonas, que en temporada alta vuelan.
Días 1 a 4 — Lima: más que una escala
Llegada y primeras impresiones
Aterrizar en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez fue como recibir una bofetada de humedad del Pacífico. Nada más salir del avión, ese aire espeso y pegajoso te abraza y ya no te suelta. El cielo gris plomizo de Lima nos recibió tal y como habíamos leído: sin sol, pero con una energía que se palpa. El taxi hasta Miraflores tardó unos 45 minutos y costó 50 soles (unos 13 euros en nuestra visita). Optamos por alojarnos en Miraflores porque después de 12 horas de vuelo queríamos seguridad y facilidad para movernos, y acertamos: la zona del Parque Kennedy tiene de todo y está perfectamente conectada.
Centro Histórico: entre palacios y bullicio
El segundo día lo aprovechamos para visitar el Centro Histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1988 (ya os puedo decir que merece la pena, sin duda). Cogimos un Cabify, que también opera en Perú, desde la casa hasta el centro y bajamos cerca de la Plaza de Armas, donde Francisco Pizarro fundó Lima en 1535. En los alrededores de la misma, encontraréis la Catedral, el Palacio de Gobierno y el Palacio Municipal. Entramos también en el Convento de San Francisco, que cuenta con unas catacumbas bastante impresionantes, ya que están formadas a base de largos túneles y criptas repletas de huesos (se cree que de unos 25.000 cuerpos ni más ni menos). Tras la visita al Convento, caminamos por el jirón de la Unión, una arteria peatonal repleta de comercios, esquivando a vendedores de móviles y helados entre edificios que justifican por qué la UNESCO declaró todo esto Patrimonio de la Humanidad.
El Malecón y el Pacífico de fondo
Por la tarde, volvimos al barrio de Miraflores para asomarnos un poco al mar y recorrer el malecón que bordea los acantilados (es un paseo súper agradable). Las vistas al Pacífico son espectaculares, pero el Parque del Amor con su escultura El Beso y los bancos de mosaicos no me gustaron tanto, la verdad. Cenamos en un restaurante especializado en pollo asado (una de las especialidades del país) dentro del barrio y volvimos a casa, ya que el día siguiente ¡nos tocaba boda!. Al día siguiente visitamos Huaca Pucllana, una pirámide prehispánica del siglo V d.C. plantada en pleno barrio moderno, y después de comer nos fuimos a casa a prepararnos, pues la boda era a las 18h.
Barranco: el barrio que me enamoró
Barranco fue nuestra última parada antes de volar a Cuzco, ya nuestro último día en la capital peruana, y nos supo a poco. Este barrio bohemio respira arte por cada esquina: galerías pequeñitas, casonas coloniales reconvertidas en cafés, murales que cambian cada temporada (nos lo confirmó una local con la que hablamos). El ambiente es completamente distinto al resto de Lima, más relajado, más auténtico y más curioso, sin duda.
Cruzamos el Puente de los Suspiros sin respirar, como manda la tradición, y bajamos por la Bajada de los Baños entre murales coloridos hasta llegar a las playas de la Costa Verde. Caminamos por el malecón Paul Harris viendo surfistas desafiar olas grises mientras el sol intentaba colarse entre la neblina perpetua de Lima…
Días 5 a 8 — Cuzco y Valle Sagrado
Una hora y veinte minutos de vuelo desde Lima y aterrizamos en otro planeta. Nada más bajar del avión en el Aeropuerto Alejandro Velasco Astete notas que el aire no es el mismo. A más de 3000 metros sobre el nivel del mar, cada bocanada de aire trae menos oxígeno y tu cuerpo se da cuenta al instante.
La primera noche, el guía que nos llevaría al Valle Sagrado nos avisó: no corráis ni paséis frío. Pues bueno, al final no hicimos lo que debíamos y lo notamos… Hacía frío, volvíamos desde la Plaza de Armas al hotel y aceleramos el paso. Error de principiante. Esa noche dormí fatal, con un dolor de cabeza tremendo. Aprendí la lección por las malas: en Cuzco todo va despacio (y debe ser así). Caminar, subir escaleras, hasta hablar. Tu cuerpo necesita entre 24 y 72 horas para aclimatarse, así que el primer día es sagrado: descanso total.
La primera mañana probé el té de coca (lo ofrecen gratis en casi todos los hoteles), que es verdad que hace ayuda ya que dilata los vasos sanguíneos, y nos dispusimos a visitar las calles empedradas de Cuzco.
Descubriendo la ciudad imperial paso a paso
Al segundo día, ya más adaptados, salimos a recorrer el centro histórico. La Plaza de Armas es el corazón de Cuzco, rodeada de soportales coloniales, la Catedral y la Iglesia de la Compañía de Jesús. Caminamos por Hatun Rumiyoc, la calle famosa por la piedra de los 12 ángulos, ese bloque inca que encaja perfectamente sin cemento ni nada (los incas eran unos cracks de la ingeniería).
Subimos muy, muy despacio hasta el barrio de San Blas, el más bonito de la ciudad. Calles estrechas de piedra, talleres de artesanos, vistas sobre los tejados de teja roja y ese aire de pueblo andino en pleno centro histórico. Compramos el Boleto Turístico del Cuzco por 130 soles (unos 35 euros) que da acceso a un montón de sitios arqueológicos, incluido Qorikancha, el antiguo Templo del Sol que los españoles taparon con el Convento de Santo Domingo.
Valle Sagrado: respirar a gusto por fin
El tercer día hicimos la excursión al Valle Sagrado y fue la decisión más acertada para seguir aclimatándonos. El valle está entre 2.700 y 2.900 metros, unos 600 metros más bajo que Cuzco, y respirar allí fue como quitarse un peso de encima. El tour completo dura unas 10 horas y visitamos Písac, con esas terrazas agrícolas colgadas en la ladera que quitan el hipo y su mercado de artesanía.
Luego Moray, el laboratorio agrícola inca con terrazas circulares donde experimentaban con cultivos creando microclimas (otra demostración de que estos tipos sabían lo que hacían), y las Salineras de Maras, con más de 3.000 pozos de sal activos desde antes de los incas. Terminamos en Ollantaytambo, el único pueblo inca que sigue habitado, con sus calles empedradas originales y el templo escalonado vigilando desde arriba. Almorzamos en Urubamba (incluido en el tour) y volvimos a Cuzco al atardecer, cansados pero respirando muchísimo mejor que el primer día.
Días 9 y 10: Aguas Calientes y por fin Machu Picchu
La mañana del noveno día cogimos el autobús hasta Ollantaytambo para tomar el tren a Aguas Calientes. Reservamos con PeruRail (también opera IncaRail), y nos costó unos 70 dólares por persona en clase turista. Durante 1 hora y 40 minutos seguimos el río Urubamba entre montañas que se cerraban sobre nosotros como un embudo verde. Las ventanas panorámicas del vagón te van preparando para lo que viene: cada curva del río, cada metro que avanzas, sientes que te acercas a algo grande.
Aguas Calientes es un pueblo imposible: casas, hoteles y restaurantes apretados en vertical en el fondo de un cañón. Nos alojamos en el Terra Inn, a cinco minutos andando de la estación, dejamos las mochilas y salimos a cenar algo rápido. El centro es puro turismo concentrado: cevicherías, pizzerías, agencias que venden el bus de subida y tiendas repletas de llamas de peluche.
Cené una sopa caliente en uno de los restaurantes de la calle principal, ya que el guía que nos llevaba a Machu Picchu nos avisó de que comiésemos guisos para asegurarnos estar perfectos del estómago al día siguiente. Tras la cena, nos terminamos la cerveza (eso no faltó) y nos acostamos todos pronto porque sabíamos lo que tocaba al día siguiente.
Amanecer en Machu Picchu: la vista más espectacular
A las 3:30 de la madrugada sonó el despertador para poder ducharnos y desayunar con calma. El bus a Machu Picchu sube desde las 5:00 (unos 12 dólares ida y vuelta en nuestra visita), tarda 25 minutos por una carretera de curvas cerradas que sube y sube entre vegetación cada vez más densa. Llegamos a la entrada cuando el sol aún no era visible, enseñamos nuestras entradas y por fin, después de meses de planificación, días de aclimatación y una madrugada épica, cruzamos el control de acceso.
Ver Machu Picchu al amanecer, con la niebla todavía enganchada entre las terrazas y las montañas Huayna Picchu y Machu Picchu recortadas contra el cielo, es de esos momentos que justifican todo el viaje… (incluso las noches sin dormir por el soroche -el malestar que te da la altura-). Pero no sólo la ciudad perdida es espectacular; también lo son las cientos de montañas que ves si miras para cualquier lado, repletas de vegetación.
Recorrimos el circuito entero con el guía, parándonos en cada terraza, en cada templo, escuchando la historia mientras el sol iba iluminando piedra a piedra la ciudadela. Al final del día, en lugar de coger el bus de bajada, decidimos bajar andando por el sendero de escaleras: 2 horas entre vegetación tropical hasta Aguas Calientes. Llegamos con las piernas temblando, ya que los escalones son bien altos, pero mereció la pena ir parándose entre vista y vista.
Días 13 a 14 — Puno y Lago Titicaca
Tras la intensidad de Machu Picchu, cogimos el tren de vuelta a Cuzco y allí un autobús de Cuzco a Puno en lugar del vuelo, que pasaba por paisajes preciosos, la verdad, y encima era súper cómodo, así que os lo recomiendo 100% para este trayecto. El viaje dura una 5 horas, pero no se hace pesado por el paisaje y la comodidad de los asientos, así que si decidís hacer la ruta, ¡preparaos para flipar!
El paisaje cambió por completo, desde los verdes del Valle Sagrado hasta las praderas del altiplano, dorado y pelado, casi sin vegetación, y con bastante nieve. Llegamos a Puno sobre las 17:30, a 3.827 metros de altitud, y lo primero que vimos fue el Lago Titicaca extendiéndose como un espejo oscuro bajo el cielo del altiplano. Es enorme, parece más un mar interior que un lago, ya que no se ve la otra orilla.
Navegando entre Uros y Taquile
A las 7:00 de la mañana nos recogieron para el tour de día completo. El barco rápido tardó 20-30 minutos hasta las Islas Flotantes de los Uros, un archipiélago artificial de aproximadamente 40 a 80 islas de totora. Al principio pensé que sería una trampa turística (trampa no, turístico sí), pero las familias nos recibieron con cantos tradicionales y nos explicaron cómo construyen las islas con esta planta acuática (cada isla dura unos 30 años y luego hay que renovarla). Pisas y el suelo se hunde ligeramente, es como caminar sobre un colchón mullido.
Continuamos hacia Taquile, a 35 kilómetros de Puno y 3.950 metros de altitud, donde viven unas 2.000 personas descendientes de comunidades quechuas. La subida desde el embarcadero hasta la plaza principal fue dura (¡otra vez la altura!). De hecho, adelantamos a una señora que iba subiendo muy lento y luego entendimos por qué (si vais, hacedlo despacio, os agotaréis mucho menos). Todo mejoró cuando arriba almorzamos trucha del lago recién pescada y vimos demostraciones de sus textiles declarados Patrimonio de la Humanidad en 2005, ya que en la plaza había un mercado (yo me compré una boina de alpaca preciosa). Los hombres tejen también, algo poco común en otras culturas andinas. Regresamos a Puno pasadas las 17:00, con los brazos llenos de gorros de lana que acabamos regalando a la familia al volver.
Días 12 a 16 — Iquitos y la inmersión en el Amazonas
Vuelo Puno-Iquitos y primeras dos noches en la ciudad amazónica
No hay vuelos directos entre Puno e Iquitos, así que volamos vía Lima con LATAM. El trayecto con escala duró 4 horas y 30 minutos y costó alrededor de 220 euros por persona. Al bajar del avión en Iquitos fue como si nos hubieran transportado a otro planeta: humedad que se pega a la piel, calor espeso, vegetación desbordante hasta la mismísima pista de aterrizaje. Después de días respirando a cuentagotas en el altiplano, llenar los pulmones de oxígeno amazónico fue un alivio físico instantáneo.
Iquitos es la mayor ciudad del mundo sin acceso por carretera (solo se llega volando o navegando días río arriba). Nos alojamos cerca del Malecón Tarapacá, que da al río, y esa primera tarde nos lanzamos a explorar el Mercado de Belén (cómo me gustan los mercados… ya lo sabéis). ¡Qué caos de colores, olores y sonidos! Pescado amazónico brillando en los puestos, jugos de frutas con nombres que no habíamos escuchado nunca (y que olían riquísimo). El contraste con el silencio del Titicaca era total.
Adentrándonos en la selva profunda
Por la mañana nos recogieron para llevarnos al Muyuna Amazon Lodge, ubicado 140 kilómetros río arriba en la Reserva Tamshiyacu-Tahuayo. El viaje en bote duró 3 horas navegando el Amazonas, trayecto durante el que conseguí ver un delfín rosa (es muy raro poder avistarlos). A medida que nos adentrábamos, las orillas se volvían más salvajes, la vegetación más densa, el silencio más profundo.
Las cabañas, con terraza privada y hamacas frente al río, justificaron cada euro invertido. Durante tres días vivimos inmersos en la selva: caminatas por senderos donde la luz apenas filtraba entre las copas, pesca de pirañas al atardecer, paseos nocturnos en canoa buscando los ojos brillantes de los caimanes. Ver toda clase de animales acuáticos emergiendo al amanecer entre la bruma del río… fue de esos momentos que se te quedan grabados para siempre.
Último día en el lodge y regreso a Lima para volver a España
El último día navegamos al alba entre nenúfares gigantes, fotografiando tucanes y escuchando el despertar de la selva antes de regresar a Iquitos. Esa misma tarde volamos a Lima y al día siguiente tomamos el vuelo de Air Europa de regreso a Madrid, cerrando dieciséis días intensos que habían sido tres viajes en uno: La costa gris de Lima, la sierra y su altura, que te boliga a ir con calma y la selva profunda, que huele a tierra y vegetación… Son tres mundos que exigen ritmos completamente diferentes.
Esta ruta nació de nuestros propios tropezones, aciertos y decisiones sobre la marcha. Ahora os pregunto: si tuvieseis que elegir solo una experiencia de estas dos semanas, ¿qué elegiríais: ese primer momento al ver Machu Picchu entre las nubes, navegar entre las islas de totora del Titicaca, o despertaros con los sonidos de la selva amazónica?





