Nunca olvidaré la mañana en la que, desde Salzburgo, cogí el bus rumbo a Hallstatt. Había visto fotos mil veces por redes sociales, pero aún así me preguntaba si de verdad sería tan de película como parecía. Y sí, lo es. Viajar a Hallstatt en pleno diciembre fue como entrar de golpe en una postal de invierno.
El trayecto desde Salzburgo ya fue parte de la aventura. Ventanas empañadas, montañas nevadas de fondo y yo con un café entre las manos intentando no quedarme dormida. Cuando al fin llegué al pequeño pueblecito, lo entendí todo: ese espejo de agua rodeado de casas de madera y tejados blancos parecía sacado de un cuento nórdico. Y lo primero que pensé fue: “Vale, este es uno de esos sitios en los que da igual el frío, porque la magia te abriga”.
Cómo llegar a Hallstatt
En mi caso fui en autobús desde Salzburgo a Hallstatt, porque cuadraba con los horarios y me apetecía probar la ruta por carretera. Cogí la línea 150 desde la estación central de Salzburgo hasta Bad Ischl (unas 2 horas), y desde allí cambié a otro bus que me dejó cerca del pueblo. El trayecto entero duró unas tres horas, pero entre montañas nevadas y paisajes de postal, os aseguro que no se me hizo nada pesado. Eso sí, hay que ir atentos con los transbordos y horarios, que son muy austríacos: puntuales al minuto.
La alternativa más famosa es el tren desde Salzburgo hasta Hallstatt Bahnhof, en la orilla contraria del lago. Desde allí se coge el ferry que cruza en apenas diez minutos y cuesta unos 3 €. Os prometo que ese momento en el que la barquita se acerca y aparece el pueblo reflejado en el agua compensa con creces el cambio de transporte.
Si preferís ir a vuestro aire, el coche de alquiler es la opción más flexible. Se tarda unas 2 horas y media desde Salzburgo y lo mejor es que podéis parar en miradores o pueblos de camino. Eso sí, en Hallstatt los aparcamientos son de pago y conviene llegar temprano para encontrar sitio.
Y si estáis en Viena, tenéis varias posibilidades. Una son las excursiones desde Viena a Hallstatt, que os recogen en la ciudad y os llevan directos, normalmente combinando también Salzburgo o Wachau. La otra es hacerlo por libre: tren hasta Attnang-Puchheim, cambio a otro tren hasta Hallstatt Bahnhof y luego el ferry. Son unas 3 horas largas de trayecto, pero con bastante encanto si os gusta viajar en tren.
Qué ver en Hallstatt: paseando entre postales
Nada más poner un pie en la orilla entendí que Hallstatt no se resume en una lista de sitios, sino en caminar sin rumbo y dejarse llevar. Calles estrechas que parecen sacadas de un belén: casas colgadas sobre la ladera, balcones con lo que deben ser flores en verano y ese olor a chimenea que se mete en la ropa… todo junto. ¡Me encanta!
La Marktplatz fue mi primera parada. Pequeña, rodeada de fachadas pastel, y en diciembre con su mercadillo navideño que parecía sacado de una película. Me planté allí con una cerveza en la mano (ya sabéis que no soy muy amiga del Glühwein), escuchando a unos críos cantar villancicos, y os juro que la escena era tan perfecta que me dio hasta risa: pensé que alguien lo había montado sólo para turistas.
Después me acerqué a la iglesia de la Asunción y subí hasta la iglesia católica, un imprescindible que ver en Hallstatt. Desde arriba se tiene una de las vistas más icónicas del pueblo: tejados escalonados cayendo hacia el lago y montañas nevadas detrás. Y, si sois un poco curiosos, al lado encontraréis el famoso osario con cráneos pintados. Puede sonar macabro, pero es parte de la tradición del lugar, y ver los huesos decorados con flores y nombres me dejó pensando en cómo cada cultura honra a sus muertos. Un lugar muy curioso, sin duda.
Otra cosa que no podéis perderos es subir al Skywalk, una plataforma panorámica a 350 metros sobre el pueblo. Yo subí en funicular (unos 20 € ida y vuelta), aunque se puede caminar. Quizá en otra época el sendero es un agradable paseo, pero en invierno se agradece (en mi caso estaba bastante nevado). Allí arriba, las vistas del lago y de los Alpes son de esas que te dejan callada un buen rato.
Las minas de sal: un viaje bajo tierra
Y claro, Hallstatt no sería lo mismo sin sus minas de sal, las más antiguas del mundo. Fue una de las cosas que tenía claro visitar, ya que había leído que era una de las principales cosas que ver en Hallstatt y por lo curioso que me parecía (40 € la entrada, por si os lo preguntáis) y fue un acierto. Te ponen un mono minero “muy favorecedor” y te llevan por túneles que llevan explotándose desde hace 7.000 años (sí sí, tanto…). Lo mejor son los toboganes de madera que aún se usan: bajé gritando como si tuviera diez años… y disfruté como nunca. Los usaban en su momento para moverse de un lugar a otro de la mina; ahora los usamos los viajeros durante la visita.
La visita termina con una proyección sobre cómo la sal convirtió este rincón perdido en un lugar clave. Y entonces caes: detrás de las fotos de postal hay siglos de trabajo duro, de vida real.
Comer en Hallstatt: calor en plato humeante perfecto para el frío
El frío allí cala, ya os aviso, así que en cuanto salí me metí directa en un café. Y fue gloria bendita. Pedí un estofado de ternera para entrar en calor, aunque si sois más de pescado probad la trucha del lago: la hacen a la mantequilla con hierbas, deliciosa.
Y, por supuesto, no faltó la parada dulce. Un strudel de manzana en el Café Derbl, acompañado de un chocolate caliente tan espeso que parecía que había que comerlo con cuchara. ¿Resultado? Dedos entumecidos recuperando la vida y sonrisa inmediata.
Qué ver cerca de Hallstatt y excursiones recomendadas
Si tenéis más de un día, os recomiendo mirar qué ver cerca de Hallstatt. Por ejemplo, el pueblo de Obertraun, al otro lado del lago, tiene el teleférico a las cuevas de hielo y de los cinco dedos, otro mirador espectacular. Mirad si vais en invierno, ya que yo no pude ir porque en invierno las cierran (no sé si sigue siendo así).
Y si partís desde Viena, muchas agencias ofrecen excursiones a Hallstatt desde Viena combinadas con Salzburgo o con el valle de Wachau. Yo, en mi caso, lo incluí dentro de mi ruta por los Alpes, pero confieso que me quedé con ganas de dedicarle una noche para verlo vacío de turistas al amanecer.
Mi momento favorito en Hallstatt
Hubo un instante que se me quedó grabado. Estaba sola junto al lago, el sol ya se había escondido y apenas quedaban visitantes. Las luces de las casas se reflejaban en el agua, como si alguien hubiera encendido velas gigantes. Y pensé: “Pues mira, no hace falta buscar más. Ya estoy en una de esas imágenes que llevaba años guardando en la cabeza”.
Viajar a Hallstatt me enseñó que a veces lo más turístico lo es por una razón, y que no pasa nada por rendirse a ello. Aunque os advierto: hacedlo en invierno si podéis, porque en verano las multitudes pueden restarle encanto.
Consejos prácticos para vuestro viaje a Hallstatt
- Si podéis, id temprano o fuera de temporada alta, así disfrutaréis del pueblo con más calma.
- Para llegar, lo más pintoresco es la combinación tren + ferry, aunque el coche os da libertad de parar en miradores increíbles.
- En invierno hace frío de verdad: guantes, gorro y calzado cómodo son básicos.
- La visita a las minas de sal y al Skywalk os llevará medio día, así que organizad bien el tiempo si vais solo por unas horas; es una de las principales cosas que ver en Hallstatt.
- Reservad con antelación restaurantes si vais en fechas navideñas o verano, porque se llenan rápido.
Y, como siempre me pasa, lo que iba a ser una simple excursión acabó siendo una experiencia que todavía cuento con brillo en los ojos. Porque sí, qué ver en Hallstatt se resume en una lista, pero lo que os llevaréis de allí son momentos brutales. Y esos, creedme, pesan más que cualquier postal.












