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Alpbach, en Austria: tres días de senderismo y encanto alpino

Llegar a Alpbach fue casi un capricho. Llevaba varios días recorriendo Tirol, venía de visitar las cataratas de Krimml y de dormir en Mittersill, y pensé: “¿Y si hago una parada en ese pueblo del que todos dicen que es el más bonito de Austria?”. Pasé tres días allí y os adelanto que me fui con la sensación de haber encontrado un rincón de postal donde todo encaja: casas de madera, montañas cubiertas de nieve y un silencio que parecía tejido a medida.

La primera impresión me la dio el propio autobús al ir subiendo por carreteras serpenteantes. Ventanas empañadas, olor a lana mojada y, de pronto, ese cartel discreto que anunciaba Alpbach. Bajé con la mochila a la espalda y lo primero que sentí fue el crujido de la nieve bajo las botas. En el aire, el humo de las chimeneas se mezclaba con un aroma dulzón a pan recién hecho que salía de una panadería. Y yo, con las manos heladas, ya sabía que iba a ser feliz en este lugar.

Me alojé en el hotel Zur Post, en pleno centro del pueblo. Nada ostentoso, pero con esa madera cálida que cruje en las escaleras y habitaciones que invitan a quedarse mirando por la ventana más de la cuenta. La señora que llevaba la recepción me dio la llave como si me conociera de toda la vida, y claro, yo me dejé querer.

Cómo llegar a Alpbach, Austria

Os diré algo: llegar a Alpbach sin coche parece complicado, pero no lo es tanto. Yo venía en transporte público y me moví con tren y autobús. Desde Innsbruck, el trayecto dura algo menos de dos horas: tren hasta Brixlegg y, desde allí, un autobús que sube al valle. El billete combinado no llegaba a los 15 €, y entre transbordo y espera, hasta agradecí el tiempo muerto para un café rápido en la estación. Si vais cargados con esquís, paciencia, que los autobuses suelen ir llenos en temporada.

Qué hacer en Alpbach

Pasear por el Mühlbachweg

Mi primera mañana la dediqué a un paseo sencillo: el Mühlbachweg. Es corto, media hora como mucho… salvo que hagáis como yo y os detengáis cada dos pasos. Entre casas de madera con balcones algo desvencijados, flores secas que todavía colgaban y ventanas empañadas por dentro, me encontré con un trineo aparcado como si fuera un coche, una fuente cubierta de hielo y un gato gordo que caminaba como si la nieve no fuera con él. Ya solo por esas escenas, mereció la pena.

Rutas de senderismo

Si algo tiene Alpbach (situado en Austria) es que podéis andar sin necesidad de ser atletas. Yo me decanté por rutas suaves, ya que al ser montaña en invierno hay que tener mucho cuidado con las rutas que eliges (estaba todo nevado). Contad siempre con equipo adecuado, eso es fundamental.

Una de ellas fue el Paseo hacia Gratlspitz, aunque tranquilos, no fui a la cima (eso ya es otro nivel). Me quedé en el tramo inicial, entre prados nevados y cabañas de madera, con vistas abiertas al valle. No tardé mucho, pero cada parada para hacer fotos lo alargaba. Al fondo se veía la silueta de la iglesia del pueblo, tan blanca que se confundía con la nieve.

Otro paseo muy agradable fue hacia el Alpbachtaler Höhenweg. Hice fue un fragmento del mismo, bordeando bosques y praderas. El suelo crujía con cada paso, olía a resina y, de vez en cuando, se escuchaba un cuervo que rompía el silencio. Ese tipo de detalles que te meten en la escena.

Lo mejor de todas estas rutas es que podéis hacerlas sin raquetas, con botas de montaña normales y ropa de abrigo (camiseta y mallas térmicas, buena capa intermedia y buen abrigo, así como botas específicas de invierno). En invierno son caminos tranquilos, señalizados, sin la presión de tener que subir un pico. Al final, lo bonito de Alpbach no es llegar lejos, sino perderse despacio en el entorno.

Una visita al Furstenhausl

Una tarde entré en el Furstenhausl Alpbach, una casita convertida en museo. Dentro enseñan cómo vivían las familias alpinas hace siglos: camas minúsculas, muebles que parecen de juguete, utensilios de madera que yo no sabría ni cómo usar. Aguanté lo justo porque el calor era exagerado, pero fue curioso asomarse a esa parte más cotidiana de la vida en los Alpes.

Perderse sin rumbo

Más allá de los sitios señalados, lo que más disfruté fue callejear. El pueblo es pequeño y todo mantiene la misma estética: casas oscuras de madera, balcones floridos aunque sea invierno y hasta el banco del pueblo parece sacado de un catálogo alpino. A mí me pasó que buscando un supermercado me perdí (estaba justo enfrente, para más inri), y acabé descubriendo un mural escondido que probablemente habría pasado por alto. Haus Edelweiss Alpbach, por cierto, es la típica casa de foto que todos enseñan… y sí, en persona también impresiona.

Me hizo gracia ver que incluso el banco del pueblo tiene la fachada típica, con geranios en las ventanas. Y sí, me perdí buscando un supermercado… que al final resultó estar justo enfrente de donde lo había preguntado. Eso sí, la búsqueda me llevó a descubrir un mural escondido con escenas alpinas que seguramente no hubiera visto de otra manera.

Comer en Alpbach

Aquí disfruté mucho. La primera noche cené en Postalm, justo enfrente de mi hotel. Pedí un Wiener Schnitzel y una cerveza cuyo nombre no fui capaz de pronunciar. El camarero se rió conmigo (o de mí) y al final acabé señalando con el dedo en la carta. Buen ambiente, mesas largas de madera y ruido de conversaciones cruzadas.

Al día siguiente cambié de registro y fui al Böglerhof Alpbach Austria. Otro nivel: todo madera clara, velas en las mesas y ese murmullo suave de la gente que habla bajito. Pedí una crema de calabaza y un postre de manzana que me dejó feliz para el resto de la tarde. Más caro, claro, pero merece la pena. Y aunque no entréis a comer, echad un ojo: el Boglerhof Alpbach tiene rincones con chimeneas y sillones que invitan a quedarse a vivir allí.

Consejos prácticos

  • Duración ideal: dos o tres días son suficientes para disfrutar del pueblo y hacer rutas de senderismo.
  • Alojamiento: yo me quedé en el Hotel Zur Post, cómodo y bien situado. Si buscáis algo más elegante, el Böglerhof Alpbach Austria es el clásico.
  • Comida: no os perdáis Postalm para una cena informal y el restaurante del Böglerhof para un capricho.
  • Cómo llegar: desde Innsbruck, tren a Brixlegg y autobús al valle. Billete combinado en torno a 15 €.
  • Mejor época: en invierno por la nieve y en verano por los prados en flor.

Al final, Alpbach me enseñó que no siempre hace falta un plan perfecto para disfrutar: basta con caminar sin prisa, dejarse llevar por los detalles y saborear cada momento. Y sí, yo ya pienso en volver… aunque solo sea para repetir esa sopa caliente después de una ruta en la nieve.

Ana Fernández de Tejada

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