Visitar el Zugspitze es uno de esos planes que atraen a cualquiera que viaje por Baviera: la montaña más alta de Alemania, con casi 3.000 metros de altura, un panorama de cumbres nevadas y la posibilidad de asomarse al corazón de los Alpes. La idea de subir al Zugspitze en invierno tiene algo de reto y mucho de recompensa: aire puro, nieve crujiente y la sensación de estar en un lugar único.
El viaje arrancó en Garmisch-Partenkirchen, ese pueblo bávaro de postal donde las fachadas parecen pintadas a mano y el olor a chimenea te acompaña por la calle. Desde allí es muy fácil llegar al monte: tienes varias opciones, pero yo opté por el tren cremallera primero y luego el teleférico. Suena turístico —y lo es—, pero también es práctico y, os lo digo, las vistas mientras subes ya valen el billete.
Cómo llegar al Zugspitze
Desde Garmisch-Partenkirchen podéis subir en tren cremallera (Zahnradbahn), que tarda cerca de 75 minutos y pasa por paisajes preciosos, hasta la estación de Eibsee. Desde allí, tomáis el teleférico que os deja en la cima. Otra opción es ir directamente en coche hasta el lago Eibsee (hay parking) y subir desde allí.
El teleférico del Zugspitze abre todos los días, normalmente desde las 8:30 de la mañana, y os recomiendo ir temprano para evitar colas y aprovechar la luz. En invierno anochece pronto y creedme, queréis ver esas vistas con sol.
Subir en teleférico al Zugspitze
No sé si habéis montado alguna vez en un teleférico tan largo, pero este se lleva la palma sin duda. El teleférico del Zugspitze cruza un desnivel brutal y en cuestión de minutos te deja en el techo de Alemania. Yo iba pegada al cristal como una niña, viendo cómo quedaban atrás los bosques nevados y cómo el valle se iba haciendo diminuto. Eso sí, aviso: si tenéis vértigo, mejor no miréis hacia abajo… aunque os lo perderíais.
El precio del teleférico a Zugspitze ronda los 60 euros ida y vuelta (2019), un pellizco, lo sé. Pero pensadlo como una entrada a un espectáculo natural: nieve, glaciares y, en días claros, vistas que alcanzan hasta Italia y Suiza. Merece la pena, creedme.
La cima del Zugspitze: el monte más alto de Alemania
Al llegar arriba lo primero que me llamó la atención fue el contraste: viento fuerte, nieve dura bajo los pies y, a pesar del frío, un sol que se reflejaba en todas partes y hacía difícil mirar sin gafas. Justo enfrente estaba el cartel amarillo con las letras grandes: Zugspitze, 2.962 metros. Y sí, ahí toca hacerse la foto.
Lo curioso es que arriba no es solo un mirador: tienes un pequeño complejo con terrazas, cafeterías e incluso una iglesia alpina. También puedes cruzar a la parte austríaca andando por una pasarela (yo lo hice solo por el gusto de decir que crucé de Alemania a Austria en tres pasos).
Qué hacer en el Zugspitze
La estrella es el mirador panorámico, desde donde se ven más de 400 picos alpinos. Pero no os limitéis a mirar: si vais en invierno, podéis alquilar material y esquiar en el glaciar, o simplemente pasear por la nieve y sentir esa mezcla de silencio y grandeza que solo dan las montañas.
Yo me quedé un buen rato en la terraza, con una buena cerveza entre manos. Miraba a la gente hacer fotos, a niños jugando con bolas de nieve… Todo eso y el sol que hacía hicieron que, finalmente, me quedase a comer.
Comer en la zona
Arriba tenéis restaurantes, pero son caros y bastante turísticos. Aun así, merece la pena sentarse a tomar algo admirando las vistas desde su terraza (siempre que haga buen tiempo, claro —y con buen tiempo me refiero a sol, pues en diciembre tenéis que ir bien abrigados—). Si queréis evitar esto, podéis comer en Eibsee, donde también hay restaurantes.
Si os quedáis en Garmisch, tenéis cervecerías con platos contundentes: schnitzel, salchichas y sopas que devuelven la vida.
Consejos prácticos
- Llevad ropa de abrigo de verdad: guantes, gorro, varias capas. No subestiméis el frío.
- Revisad la previsión: si el día está cubierto, no veréis gran cosa y el gasto no merece tanto la pena.
- Subid temprano para evitar colas en el teleférico.
- Si tenéis tiempo, pasead por el lago Eibsee al bajar: en invierno está medio helado y parece un espejo.
Al final, la experiencia de subir al Zugspitze mereció mucho la pena. Las vistas y la sensación de soledad en ciertos puntos lo hicieron inolvidable.












