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Qué ver en Garmisch Partenkirchen en invierno

Todo empezó con un antojo muy sencillo: quería nieve. Y no un poco de escarcha en los bordes de las carreteras, sino esa estampa de montaña con tejados blancos, chimeneas humeando y silencio roto solo por las botas hundiéndose en el suelo. Así fue como acabé viajando en diciembre a Garmisch Partenkirchen, con la ilusión de descubrir rutas y rincones que había visto en fotos y que, claro, en persona resultaron mucho mejores.

El primer contacto fue desde la ventana del tren: abetos cargados de nieve, casitas con balcones de madera y, de fondo, unas montañas que parecían pintadas. Llegué de noche y me quedé en el Atlas Posthotel, justo en el centro. Tenía ese aire bávaro de pueblo alpino, con techos bajos, madera oscura y un desayuno de los de verdad: pan crujiente, embutidos locales y café servido en tazas enormes. Bajé a la calle y el aire olía a frío limpio, a leña quemándose. Ya con eso me ganó.

Cómo llegar a Garmisch

Moverse hasta aquí es muy sencillo. Desde Múnich salen trenes cada hora y tardan unos 90 minutos en llegar. El billete cuesta alrededor de 25 €, aunque hay pases regionales que salen más baratos si vais varios juntos. Si preferís coche, la carretera es cómoda y va serpenteando entre montañas; solo tened en cuenta que en invierno hay que llevar cadenas o neumáticos de nieve.

Qué hacer en Garmisch Partenkirchen

Partnachklamm

Al día siguiente me lancé a por lo que había venido a buscar: caminar. Una de las primeras rutas fue la Partnachklamm, la garganta más famosa de la zona. El acceso cuesta unos 6 € y abre desde las 8:00 de la mañana, así que fui temprano para evitar la multitud. Ya desde la entrada se escucha el rugido del agua, como un aviso de lo que viene después.

Avanzar por el pasadizo es como meterse en un túnel helado: paredes estrechas cubiertas de musgo y carámbanos, cascadas congeladas formando columnas y el río sonando con eco entre las rocas. A ratos goteaba agua del techo y me caían goterones en la capucha; a ratos, un silencio total que solo rompía el chasquido de mis botas. Confieso que me mojé los guantes porque no paraba de tocar el hielo —ni que fuera la primera vez que veía nieve, pero la emoción me pudo—.

El recorrido no es largo, apenas 700 metros de pasarelas talladas en la roca, pero cada giro sorprende. Hay rincones tan oscuros que parecen cuevas y, de pronto, aberturas donde entra un rayo de luz y el agua brilla como si fuera cristal verde. A mitad de camino me crucé con una familia bávara que me dijo sonriendo “passen Sie auf, es ist rutschig” (ten cuidado, que resbala), y claro, dos pasos después casi me voy al suelo. Al menos quedó en susto y en risa compartida.

Al final del desfiladero se abre el valle y el paisaje cambia de golpe: praderas cubiertas de nieve, silencio absoluto y montañas al fondo. Muchos siguen desde allí hacia rutas más largas, como la subida al Eckbauer, pero incluso si os dais la vuelta después, ya os aseguro que la Partnachklamm merece la visita.

Eckbauer

Después subí al Eckbauer, que se alcanza en una hora y media larga desde la garganta. El inicio engaña: sendero suave, praderas nevadas, casitas de madera que parecen sacadas de un cuento. Pero pronto la cosa cambia, la pendiente se nota y el único sonido constante es el crujido de la nieve bajo las botas.

Podía haber cogido el teleférico (unos 12 €), que te deja arriba en pocos minutos, pero me dio por hacerlo andando. No voy a mentir: hubo un tramo en el que pensé “¿quién me manda a mí meterme en esto?”, bufanda medio congelada y yo resoplando como un tren viejo. Menos mal que cada curva regalaba un paisaje distinto: bosques cargados de nieve, ramas tan pesadas que tocaban el suelo y, a lo lejos, el Zugspitze asomando como si me vigilara.

Cuando llegué a la cima, lo primero fue dejar escapar un suspiro, mezcla de alivio y de orgullo. El pueblo abajo parecía un puñado de casas de juguete, con el humo de las chimeneas subiendo recto en el aire frío. Las montañas lo rodeaban como un anfiteatro y, presidiendo todo, el Zugspitze, enorme, callado. Había tal calma que me dio apuro hablar en voz alta. Me senté en un banco, peleándome con los guantes porque no sentía los dedos, y me quedé allí un rato mirando sin pensar demasiado. Y entonces me salió casi en voz baja: “vale, esto sí que merecía la caminata”.

Subida al Zugspitze

Otro día me animé con el Zugspitze, la montaña más alta de Alemania. Cogí el tren de cremallera desde Garmisch (unos 50 € ida y vuelta hasta la cima, con el teleférico incluido). El trayecto dura algo más de una hora, pero se pasa rápido: el tren avanza lento entre bosques nevados, atraviesa túneles, y de repente se abren claros donde los árboles parecen cubiertos de azúcar glas. En mi vagón iban varios esquiadores con todo el equipo, yo con mis bastones de senderismo, y todos con la misma cara de críos esperando a que se abra un regalo.

El último tramo se hace en teleférico, y ahí la cosa cambia. Sube de golpe, dejando el valle reducido a un juguete bajo los pies. Ese vacío bajo la cabina impone, y sí, el corazón se acelera un poco.

Arriba, a casi 3.000 metros, el aire se vuelve fino y helador. El panorama es de los que te dejan callada: Alpes alemanes y austriacos desplegados sin fin, cumbres y más cumbres perdiéndose en la distancia. En el mirador al aire libre el viento soplaba tan fuerte que cada dos minutos me levantaba el gorro; yo, mientras, luchando por sujetar la cámara con los dedos helados.

Lo gracioso es que, pese al frío, la terraza estaba llena de gente con cervezas en la mano. Al final caí también: me pedí una, más por no sentirme la rara que por sed, y me quedé mirando cómo las nubes jugaban a tapar y destapar las montañas.

Si tenéis tiempo, hay un museo pequeñito sobre la historia del Zugspitze y las primeras ascensiones. Yo lo vi deprisa porque quería volver a salir fuera, pero es curioso para entender la magnitud del lugar.

La bajada en teleférico me sorprendió más que la subida: el sol empezaba a caer y la nieve se teñía de tonos rosados, como si alguien hubiera puesto un filtro sin avisar. Y ahí, medio embobada contra la ventana, pensé que sí, que aunque el billete sea caro, subir al Zugspitze es de esas experiencias que justifican el viaje entero a Garmisch Partenkirchen.

Paseo por el centro del pueblo

No todo fue montaña. También me apetecía perderme por el centro de Garmisch Partenkirchen, Alemania, que tiene ese aire de pueblo alpino donde parece que el reloj va a otro ritmo. Las fachadas pintadas —las famosas Lüftlmalerei— son una pasada. En Ludwigstrasse cada casa parece un cuadro distinto: un santo por aquí, una escena bávara por allá, flores, animales… Yo iba con la idea de hacer un par de fotos y acabé con el móvil lleno de balcones repetidos. En el momento me parecían únicos; luego, al revisarlos, pensé: “madre mía, si parecen todos iguales”.

En diciembre el pueblo parecía haberse disfrazado: luces por todas partes, guirnaldas colgando de los balcones y estrellas de madera en cada ventana. A ratos pensaba que igual se habían pasado de entusiasmo, pero luego miraba alrededor y… le quedaba bien. El olor a pan recién hecho salía de las panaderías y se mezclaba con el humo de las chimeneas. Me metí en una tienda solo por curiosear y acabé dando vueltas entre relojes de cuco que no paraban de sonar, figuritas de madera pintadas a mano y bolas de cristal tan frágiles que casi me daba reparo acercarme.

Y claro, en diciembre llegan también los mercadillos navideños, que llenan de vida el centro. Los puestos eran un festival de olores y colores: galletas de jengibre, almendras garrapiñadas, panes especiados… Yo, que no soporto el Glühwein, acabé con un chocolate caliente bien espeso entre las manos. Lo acompañé con un pretzel recién salido del horno y me quedé apoyada en una mesa alta, rodeada de locales charlando en bávaro. No entendía ni una palabra, pero aun así me sentí parte de la escena, como si me hubieran dejado colarme en una película navideña.

Comer en Garmisch

En Zum Wildschutz encontré el lado más tradicional: techos bajos, mesas de madera que crujen al moverte y un bullicio constante de familias y viajeros hambrientos. El olor a comida casera llega antes que los platos, y cuando me sirvieron el Käsespätzle entendí por qué todos lo pedían: queso fundido hasta el exceso, cebolla crujiente por encima y servido en sartén de hierro, todavía burbujeando.

En cambio, Zirbel Stube tiene un aire distinto, más elegante. Aquí la luz es tenue, todo forrado en madera clara y el ambiente invita a hablar bajito. Yo caí en la tentación del venado con salsa de frutos rojos, tierno y jugoso, con ese punto dulce que te obliga a rebañar con pan aunque te mires alrededor por si alguien te ve. El camarero me recomendó un vino alemán que no conocía y que encajó de maravilla. Fue de esas cenas en las que piensas: “menos mal que vine con hambre”.

El Wolpertinger es otro mundo. Más joven, más ruidoso, con mesas largas donde terminas compartiendo espacio con desconocidos. El olor a pizza y hamburguesa recién hecha se mezclaba con el de la cerveza artesanal, que aquí corre a litros. Yo pedí una de trigo, turbia, que entraba sola después de un día de ruta. Es el típico lugar donde dices “solo una ronda” y cuando te das cuenta llevas dos horas de charla y risas.

Y luego está el Gasthof Fraundorfer, que es toda una institución. Más que un restaurante parece un escenario: las mesas se llenan de jarras de cerveza espumosa y de platos de schnitzel o codillo, mientras en un rincón un grupo toca música bávara en directo. Entre palmadas y carcajadas acabé intentando imitar los pasos de baile… con más entusiasmo que coordinación. La comida, contundente y sin artificios, acompaña a la perfección esa atmósfera festiva en la que el tiempo vuela sin darte cuenta.

Consejos prácticos

  • En invierno, las temperaturas caen bastante, así que llevad ropa térmica de verdad y buen calzado.
  • Reservad alojamiento con antelación en diciembre, porque es temporada alta por la nieve.
  • Para moveros, lo más cómodo es el tren regional desde Múnich.
  • Si os apetece esquiar, Garmisch tiene pistas conocidas, pero incluso si no sois de esquí, el senderismo y los paisajes compensan de sobra.

Viajar en invierno a este rincón de Baviera fue un recordatorio de lo que más me gusta: caminar sin prisa, sentir el aire frío en la cara y dejarme sorprender por lugares que no salen en todas las guías.

Ana Fernández de Tejada

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