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Qué ver en Berlín: lugares imprescindibles

Hacía tiempo que quería volver a Berlín, y cuando por fin tuve la oportunidad, me di cuenta de que esta ciudad sigue siendo una de las más fascinantes de Europa. La primera vez que pisé la capital alemana, recuerdo que me abrumó su tamaño y esa sensación de caminar sobre capas y capas de historia. ¿Cómo una ciudad puede reinventarse tantas veces y seguir siendo tan auténtica?

Durante mi última visita quedé impresionada de nuevo por lugares como la Isla de los Museos, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Berlín tiene una de las ofertas culturales más amplias de todas las ciudades europeas, y esto se nota especialmente cuando te plantas frente al Museo de Pérgamo, uno de los más famosos de Berlín y con una de las colecciones más valiosas del mundo.

Desde la Torre de Televisión, esa estructura imponente de 368 metros de altura, pude contemplar toda la ciudad desde su observatorio a 203 metros. Si te preguntas si merece la pena subir, te diré que sí, y mucho.

No podéis dejaros la East Side Gallery, que con sus 1,3 kilómetros de largo es la parte más grande conservada del Muro de Berlín y además tiene el honor de ser la galería al aire libre más grande del mundo. Y por supuesto, la Puerta de Brandenburgo, construida entre 1788 y 1791, que ha sido testigo silencioso de algunos de los momentos más importantes de la historia alemana.

En este artículo os voy a contar todos los lugares imprescindibles, desde monumentos como el Checkpoint Charlie, uno de los pasos fronterizos más importantes durante la Guerra Fría, hasta ese impactante Monumento al Holocausto formado por 2.711 bloques de hormigón de diferentes alturas. Pero también esos rincones menos conocidos que descubrí paseando sin un rumbo fijo.

Lugares icónicos que ver en Berlín

Durante mi última visita a Berlín, dediqué varios días a recorrer sus lugares más emblemáticos. Cada rincón de esta ciudad cuenta una historia diferente, y estos puntos que aparecen en todas las postales son, sin duda, paradas obligatorias.

Puerta de Brandeburgo

La primera vez que vi la Puerta de Brandeburgo me quedé sin palabras. Este monumento neoclásico, construido entre 1788 y 1791 por orden del rey Federico Guillermo II, es mucho más impresionante en persona que en las fotografías. Con sus 26 metros de altura, esta antigua puerta de entrada a la ciudad se ha convertido en uno de los principales iconos de Berlín.

Me impactó pensar en todo lo que ha presenciado esta estructura: desde la cuadriga de cobre que la corona (representando a la Diosa de la Victoria), hasta su papel como símbolo de la división durante la Guerra Fría. Actualmente, la Puerta de Brandeburgo está cerrada al tráfico, y la plaza que la rodea se ha convertido en una zona peatonal donde siempre hay música y artistas callejeros.

¿Sabéis qué me encanta? Que hasta 1918, solo los miembros de la familia real podían usar el paso central de la puerta. Ahora, todos podemos atravesarla mientras imaginamos las diferentes épocas que ha vivido.

Catedral de Berlín

Desde la Puerta de Brandeburgo caminé hasta la Catedral de Berlín, y os aseguro que el paseo vale la pena. Esta imponente construcción me dejó boquiabierta con su cúpula monumental flanqueada por cuatro torres y coronada por una linterna con cruz dorada.

Cuando la visité, me sorprendió descubrir que su historia se remonta al siglo XV, aunque el edificio actual fue inaugurado en 1905. El emperador Guillermo II quería que fuera la respuesta protestante a la Catedral de San Pedro en Roma, y vaya si lo consiguió. Si os animáis, subid los 270 escalones hasta la cúpula, las vistas panorámicas del centro de Berlín compensarán el esfuerzo, creedme.

Por cierto, si planeáis visitar Berlín en 2026, tenéis suerte: ¡reabrirá la Cripta de los Hohenzollern con 91 ataúdes de cinco siglos de historia prusiana!.

Alexanderplatz y la Torre de Televisión

Puedo decir sin duda ninguna que Alexanderplatz es el corazón de la ciudad de Berlín. Allí se alza la famosa Torre de Televisión (Fernsehturm), que cuenta con 368 metros de alto (es el edificio más alto de Alemania y el de acceso público más alto de Europa).

Lo que pocos saben es que esta torre, inaugurada el 3 de octubre de 1969, fue concebida como un símbolo de la superioridad del régimen comunista. La ironía es que hoy representa a toda la ciudad unificada y recibe más de un millón de visitantes al año de unos 85 países.

Durante mi visita, subí a la plataforma de observación situada a más de 200 metros de altura. El ascensor tardó solo 40 segundos en llegar y desde arriba pude ver desde el aeropuerto de Tempelhof hasta los edificios prefabricados de Hellersdorf. Además, hay un restaurante giratorio que completa una vuelta de 360° cada media hora.

Gendarmenmarkt: la plaza más bonita

Para cerrar mi recorrido por los lugares icónicos, visité Gendarmenmarkt, considerada la plaza más bonita de la ciudad. Recién renovada tras dos años de trabajos, esta plaza de 14.000 metros cuadrados me conquistó con su perfecta armonía.

Lo que hace especial a Gendarmenmarkt es el conjunto arquitectónico formado por dos iglesias barrocas idénticas y la Konzerthaus en el centro. La Catedral Francesa (Französischer Dom) al norte y la Catedral Alemana (Deutscher Dom) al sur, ambas coronadas por impresionantes cúpulas, crean un equilibrio perfecto.

Mientras paseaba, descubrí que la plaza no solo es bonita por fuera. Por primera vez, es completamente accesible y cuenta con un innovador sistema sostenible de evacuación de aguas pluviales. En verano acoge conciertos de música clásica y en invierno se transforma en un romántico mercado navideño.

Si visitáis esta plaza, no dejéis de entrar en la Catedral Alemana, que ahora alberga un museo sobre la historia de la democracia alemana.

Museos y cultura en el corazón de la ciudad

Si hay algo que me sigue fascinando cada vez que vuelvo a Berlín, es su increíble concentración cultural en el centro histórico. La Isla de los Museos es uno de esos lugares donde puedes perderte durante días enteros. Os aviso desde ya: es imposible verlo todo, así que tendréis que priorizar según vuestros gustos.

Museo de Pérgamo y su cierre

La primera vez que visité el Museo de Pérgamo quedé impresionada por sus monumentales reconstrucciones arqueológicas. Sin embargo, la mala noticia es que este emblemático museo ha cerrado sus puertas para una restauración que no terminará hasta 2037.

Mientras tanto, podéis visitar la exposición «Panorama», ubicada frente al museo, que incluye una recreación en 360 grados del altar en la acrópolis de Pérgamo y algunas esculturas originales. No es lo mismo, pero al menos os haréis una idea de la magnificencia de este monumento helenístico.

Museo Nuevo y el busto de Nefertiti

Este precioso edificio neoclásico alberga el tesoro más fotografiado de Berlín: el busto de Nefertiti, creado alrededor de 1340 AC

Cuando me planté frente a este busto, ubicado en una sala abovedada en el norte del edificio, entendí por qué se ha convertido en un icono de belleza durante los últimos 100 años. El arqueólogo Ludwig Borchardt escribió en su diario de excavación de 1912: «La descripción es inútil, hay que verlo». Tenía razón.

Además de Nefertiti, el museo posee una colección egipcia impresionante con momias auténticas, papiros y la Cabeza Verde de Berlín, considerada una obra maestra del arte egipcio del año 350 a.C. aproximadamente. También podéis ver el famoso Sombrero de oro de Berlín, una tiara de 3.000 años de antigüedad.

Museo de la RDA

Para entender cómo era la vida al otro lado del Muro, el Museo de la RDA (DDR Museum) es imprescindible. Situado junto al río Spree, frente a la catedral de Berlín, este museo interactivo me sorprendió por su enfoque diferente.

Nada más entrar, me encontré en una construcción de losas a escala 1:20 donde había que abrir cajones, armarios y puertas para descubrir las exposiciones. Lo mejor es que podéis tocar y utilizar todo: desde sentaros en un Trabant para un paseo virtual hasta curiosear en la cocina que aún conserva los olores típicos de la antigua Alemania Oriental.

Con unos 360.000 objetos reunidos, el museo evita caer en la nostalgia y ofrece una visión completa de la vida cotidiana bajo el régimen comunista. Me encantó la instalación «Economía de la escasez», que muestra a través de 600 objetos cómo era el día a día con los suministros básicos limitados.

Museo Bode y arte bizantino

Para terminar mi recorrido cultural, visité el Museo Bode, ubicado en un emplazamiento precioso en el norte de la Isla de los Museos. Con su majestuosa cúpula, este edificio neobarroco diseñado por Ernst von Ihne me cautivó antes incluso de entrar.

El museo, originalmente llamado Kaiser-Friedrich-Museum, cambió su nombre en 1957 en honor a su primer director, Wilhelm von Bode. Después de sufrir graves daños durante la Segunda Guerra Mundial, el edificio permaneció cerrado muchos años hasta su reapertura en 2006.

Lo que más me fascinó fue su excepcional Colección de Arte Bizantino, con piezas de entre los siglos III y VI, sarcófagos, esculturas de marfil y mosaicos. No os perdáis la Galería Tiepolo, una espléndida sala rosa decorada con 22 frescos del pintor italiano Giovanni Battista Tiepolo.

Si os interesa la numismática, el Gabinete Numismático del Bode os sorprenderá con su medio millón de monedas y medallas que abarcan desde el siglo VII a.C. hasta nuestros días. Una de las colecciones más grandes del mundo.

Barrios con alma: descubre el Berlín local

Si queréis conocer el verdadero espíritu de Berlín, tendréis que alejaros un poco de las rutas turísticas más obvias. Durante mis diferentes visitas a la ciudad, algunos de mis mejores momentos los he vivido perdiéndome por barrios donde late el corazón del Berlín más auténtico.

Barrio Judío y su memoria

El Barrio Judío de Berlín no existe como un espacio definido tal como lo conocemos en otras ciudades europeas. La comunidad judía berlinesa era próspera y vivía repartida por diferentes zonas. La zona que hoy se conoce como barrio judío se encuentra en Scheunenviertel, cerca de la Nueva Sinagoga y del Antiguo Cementerio.

Se te revuelve bastante todo cuando vas descubriendo el barrio y su historia. Por ejemplo, si camináis por sus calles os iréis encontrando las «stolpersteine», pequeñas placas doradas incrustadas en el suelo con los nombres de las víctimas del Holocausto. También me impactó bastante ver las fachadas con marcas de metralla que no han sido reparadas intencionadamente para mantener viva la memoria de lo ocurrido.

Kreuzberg: la cuna de la cultura alternativa

Kreuzberg me conquistó desde el primer paseo. Este barrio comenzó a resurgir a finales de los 60, cuando jóvenes alemanes occidentales se mudaron aquí para escapar del servicio militar.

Actualmente se le conoce como el barrio turco, ya que aproximadamente un tercio de su población procede de Turquía.

En Kreuzberg, puede decirse que el kebab no es solo comida rápida: es parte del paisaje. Por supuesto, durante mis estancias (he estado ya tres veces) probé varios, ya que dicen que los mejores del mundo están allí, y confirmo lo que ya sospechaba: no mentían.

Más allá de lo gastronómico, Kreuzberg concentra una de las escenas más interesantes de arte urbano y cultura alternativa de la ciudad. Murales con mensaje, salas de conciertos pequeñas, clubs nocturnos sin rastro de glamour y con mucha personalidad. Es un barrio con historia de resistencia, creativo, inconformista, que sigue marcando el pulso de ese Berlín más político y menos domesticado. No es un sitio para mirar de pasada: hay que caminarlo, observarlo y entenderlo. Y entonces cobra sentido.

Nikolaiviertel: el Berlín más antiguo

Confieso que Nikolaiviertel me pilló un poco por sorpresa. Berlín es tan moderna, tan caótica a ratos, que una no se espera encontrarse de repente con este Berlín. Estaba paseando cerca del Ayuntamiento Rojo y, de pronto, las calles se estrechan, aparecen fachadas más bajas y adoquines bajo los pies.

Este pequeño barrio, que aún se mantiene en pie después de todo, está pegado al río Spree. Nació en el siglo XIII, cuando pasaba por él una importante ruta comercial, y aunque muchas casas son reconstrucciones (os podéis imaginar por qué), la sensación de viaje en el tiempo está ahí.

Quedó prácticamente destruido durante los bombardeos de 1944 y permaneció como una tierra yerma llena de escombros hasta que, entre 1981 y 1987, fue reconstruido siguiendo los modelos históricos. Al pasear entre sus callejuelas medievales, la Iglesia de San Nicolás y sus restaurantes tradicionales, sientes que estás viendo un fragmento del antiguo Berlín.

Hackescher Markt y sus patios

Muy cerca del antiguo Barrio Judío, casi como una prolongación natural del paseo, llegué a Hackescher Markt. El contraste es inmediato: tranvías, gente que va y viene, ruido… y, de pronto, al cruzar uno de esos pasajes que casi pasan desapercibidos, aparecen los Hackesche Höfe. Ocho patios interconectados, inaugurados en 1906, que funcionan como un pequeño paréntesis dentro del ritmo de la ciudad.

Aunque hoy ya son bastante conocidos, conservan ese punto discreto que invita a entrar sin expectativas, a moverte despacio y a quedarte más tiempo del previsto. Tiendas de diseño, cafés tranquilos, algún teatro… todo convive sin estridencias. No es un sitio para “ver rápido”, sino para entender otra capa del Berlín cotidiano, el que se esconde justo detrás de la fachada más ruidosa.

Yo entré “un momento”… y salí bastante más tarde. Como casi todo en esta ciudad.

Actividades originales que hacer en Berlín

Más allá de monumentos y museos, durante mis visitas a Berlín he descubierto que la ciudad cobra vida cuando te sales un poco de lo típico. En mi última visita decidí ser más aventurera y os aseguro que mereció la pena.

Explorar los búnkeres subterráneos

¿Sabíais que bajo las calles de Berlín existen más de 3.000 búnkeres? Cuando me enteré, tuve claro que tenía que explorarlos. La asociación Berliner Unterwelten ofrece visitas guiadas en español por estos laberintos subterráneos desde 1999, y sin duda fue una de mis experiencias berlinesas más interesantes.

Durante la visita con Berliner Unterwelten, el guía fue explicando, sin dramatismos pero con mucha claridad, cómo se usaban estos espacios durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial y cómo, años después, algunos túneles sirvieron como rutas de escape en plena RDA.

No admiten reservas, así que si no queréis quedaros fuera, llegad con el tiempo suficiente. El recorrido dura alrededor de dos horas, y no se hace pesado en absoluto.

Mauerpark y su mercadillo dominical

El domingo en Mauerpark tiene identidad propia. No hace falta planear demasiado: llegas y el sitio se encarga del resto. Entre los puestos hay de todo —vinilos gastados por el tiempo, antigüedades que no sabes muy bien cómo han llegado hasta allí, ropa vintage, bicicletas con historia—, pero enseguida te das cuenta de que el mercadillo es casi una excusa.

Lo que de verdad define el lugar es el ambiente. Música sonando sin un orden claro, gente sentada en la hierba con una cerveza, conversaciones cruzadas, perros, familias, viajeros mirando alrededor con esa media sonrisa de “qué bien se está aquí”. Todo convive de forma natural, sin esfuerzo. No hace falta comprar nada ni hacer nada en concreto: basta con pasear despacio, observar y dejar que el domingo transcurra. Berlín, cuando se relaja, es exactamente esto.

Había puestos de comida internacional y gente disfrutando en el parque. La guinda del pastel: el karaoke al aire libre que se celebra las tardes de verano en el anfiteatro. Te recomiendo ir por la mañana temprano si quieres encontrar las mejores gangas.

Vida nocturna y cultura club

Berlín no sería Berlín sin su vida nocturna legendaria, eso es así. Desde la reunificación, la ciudad se lanzó de cabeza a la electrónica y acabó convirtiéndose —casi sin querer— en un referente mundial. Y os lo digo yo, que no soy especialmente fan del techno: aun así, me flipó la variedad de ambientes. Aquí no todo es pum-pum infinito; hay matices, estilos, horarios imposibles y planes que empiezan cuando en otros sitios ya están barriendo el suelo.

Una de las cosas que más me llamó la atención —y que explica mucho del carácter berlinés— es dónde están los clubs. Antiguas centrales eléctricas, almacenes medio derruidos, edificios industriales reciclados con cero intención de disimular su pasado. Nada de postureo elegante: crudo, auténtico y con personalidad. Entre los más conocidos están Berghain, Tresor, Watergate o Sisyphos, cada uno con su rollo y su público fiel.

Yo, en cambio, acabé en Kater Blau, ya que pasaba de hacer una cola de 3 horas para luego no entrar. Más desenfadado, más colorido, con ese punto hedonista pero relajado que te atrapa sin darte cuenta. Recuerdo el sonido del río de fondo, las luces, la gente bailando sin mirar el reloj… y pensar: vale, ahora lo entiendo. Eso sí, os aviso de que las colas son parte de la experiencia, para bien o para mal. Paciencia y mente abierta, no puedo daros otro consejo. Berlín, también de noche, se vive mejor así.

Excursiones para ampliar tu viaje

Durante mi visita a Berlín me di cuenta de que la ciudad tiene tanto que ofrecer que podrías pasar semanas sin aburrirte. Pero salir de sus límites me permitió descubrir dos lugares que complementaron perfectamente mi experiencia berlinesa.

Visita a Potsdam y el Palacio Sanssouci

Mi escapada a Potsdam fue una de las mejores decisiones del viaje. A tan solo 40 minutos en tren desde el centro de Berlín, este antiguo refugio de la realeza prusiana me transportó completamente a otra época.

El palacio de verano de Federico el Grande me dejó sin palabras. Durante la visita paseé por sus ornamentados jardines en cascada que rodean el palacio imperial, y también pude admirar el Barrio Holandés y la impresionante colonia rusa de Alexandrovka. Si te gusta la arquitectura y los jardines, te aseguro que merece la pena.

Para hacer esta excursión podéis reservar un tour guiado que incluye transporte desde Berlín y entrada al palacio. Los precios oscilan entre 64€ para adultos y 40€ para niños, aunque existe un descuento del 25% con la Berlin Welcome Card. Mi recomendación es que vayáis con tiempo, porque los jardines invitan a perderse durante horas.

Campo de concentración de Sachsenhausen

No tengo dudas al decir que esta fue la visita más impactante de todo el viaje. El Campo de concentración de Sachsenhausen no es un lugar que se recorra a la ligera. Aquí estuvieron presas más de 200.000 personas entre 1936 y 1945, y aunque hoy el espacio está parcialmente reconstruido, lo que queda es más que suficiente para entender la magnitud de lo que ocurrió. El patio de formación, los barracones, la cocina, las celdas de castigo, los crematorios… todo se visita en silencio, casi sin darte cuenta de que vas apretando los dientes.

Llegar es sencillo —tren hasta Oranienburg y un paseo—, pero lo que sí os recomiendo de verdad es hacer la visita guiada. El campo fue demolido casi por completo tras la guerra y, sin contexto, muchas cosas se os escaparían. El recorrido dura unas cinco o seis horas, y no se hace largo, aunque sí pesado a nivel emocional. Yo sentí ese escalofrío constante de estar caminando por un lugar donde pasó lo inimaginable.

Id preparados emocionalmente, porque no es una visita cómoda ni agradable. Pero sí necesaria. Después de Sachsenhausen, Berlín se entiende de otra manera. Más profunda, más cruda… y también más honesta.

Un paseo por la historia de Berlín

Los últimos 100 años: de imperio a símbolo de libertad

Durante los años 20, después de la Primera Guerra Mundial, Berlín vivió una auténtica explosión cultural. A pesar de la humillación de la Gran Guerra, la ciudad emergió como el Ave Fénix de sus cenizas. Este periodo, conocido como los «dorados años 20», convirtió a Berlín en punto de encuentro para artistas, arquitectos e intelectuales, dando lugar a los años de oro para la pintura, el cine, la literatura y la arquitectura.

Pero esta época dorada no duró mucho. La crisis económica de finales de los años 20 provocó la caída de la República de Weimar, abriendo paso a uno de los periodos más oscuros de la historia alemana.

La primera vez que visité el Barrio Judío, me impactó pensar que allí, donde ahora hay cafeterías modernas y galerías de arte, hace menos de un siglo se gestó una de las mayores tragedias de la humanidad.

Del nazismo a la reunificación

El ascenso del nazismo cambió por completo el destino de Berlín. Hitler quiso convertir la ciudad en la capital mundial (Welthauptstadt Germania) con colosales edificios de escala sobrehumana. Los bombardeos aliados durante la Segunda Guerra Mundial arrasaron la ciudad, lanzando un total de 363 ataques aéreos que dejaron caer unas 70.000 toneladas de bombas y provocaron la muerte de más de 20.000 berlineses.

La Batalla de Berlín en 1945 fue brutal. El 16 de abril, el ejército soviético inició la ofensiva empleando dos millones y medio de soldados. El 30 de abril, Hitler se suicidó en su búnker y el 2 de mayo, la ciudad capituló ante las fuerzas soviéticas.

Después, Berlín fue dividida en cuatro sectores ocupados por Estados Unidos, Reino Unido, Francia y la Unión Soviética. Lo que me parece increíble es pensar que durante el Bloqueo de Berlín (1948-1949), la supervivencia de dos millones de berlineses occidentales dependió de un puente aéreo que transportaba diariamente 5.000 toneladas de suministros.

En 1961, como respuesta a la fuga de trabajadores calificados, los soviéticos levantaron el Muro de Berlín, separando familias y amigos durante 28 años. Recuerdo caminar junto a los restos del muro en la East Side Gallery y sentir un escalofrío al imaginar lo que significó para quienes vivieron aquella época.

Finalmente, en 1989, el muro cayó y al año siguiente se produjo la reunificación alemana. Berlín volvió a ser la capital del país, iniciando un periodo de transformación y expansión urbana.

Las cicatrices que cuentan historias

Lo que más me fascina de visitar Berlín es que podéis leer su historia a través de sus cicatrices. La ciudad está surcada por heridas que ha sabido sanar con una interesante mezcla de arte y memoria.

Una de las zonas donde podéis ver claramente las marcas de la historia es la Isla de los Museos. Fue una de las áreas más afectadas durante los bombardeos aliados y, aunque los museos han sido reconstruidos, todavía se pueden ver las marcas de balas en los edificios, especialmente en el Neues Museum y la Alte Nationalgalerie.

La decisión de preservar estas «trazas de la historia» pertenece a la Oficina de Monumentos Estatales de Berlín. Por ejemplo, el Neues Museum, muy dañado durante los bombardeos, no se terminó de restaurar hasta 2009, integrando en su interior columnas y paredes dañadas por la guerra.

Otro ejemplo impresionante es la Puerta de Brandeburgo, donde podéis observar en sus columnas los lugares en los que estallaron granadas y rebotaron balas durante la Batalla de Berlín. Incluso el Reichstag, sede del parlamento alemán, conserva los agujeros de bala en su fachada y grafitis de los soldados soviéticos en sus pasillos interiores.

Mi consejo para entender Berlín es observar detenidamente sus edificios. Hay algo que me impresionó especialmente de Berlín y que no aparece en los mapas: las huellas que siguen ahí. En calles como Große Hamburger Straße, Lindenstraße, Landsberger Allee o Leibnizstraße basta con levantar un poco la vista —o bajar el ritmo— para ver impactos de balas y granadas incrustados en las fachadas. Nadie los señala, nadie los explica. Están ahí, sin más. Y precisamente por eso hablan tan claro. Caminas, los ves, y entiendes que aquí la historia no se cuenta solo en museos; se lee en las paredes, en silencio, sin necesidad de añadir nada más.

Mi consejo es que no intentéis verlo todo en un viaje. Berlín no es una ciudad para visitar corriendo. Mi consejo es sencillo: bajad el ritmo. Pasead sin prisa, sentaos en una terraza cualquiera a ver pasar la gente —que en Berlín siempre da para rato— y dejad que la ciudad se vaya abriendo poco a poco. Aquí no hace falta ir tachando sitios de una lista; los secretos aparecen cuando menos los buscas.

Ana Fernández de Tejada

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