Después de tres días en Borneo viendo orangutanes, todavía con el sonido del río metido en los oídos y esa mezcla de cansancio y emoción, aterrizamos en Semarang para dar paso a cuatro días de templos y caos. Aterrizar en Semarang fue como cambiar de canal de golpe: más tráfico, más ruido, más color. Y, aun así, me sentí extrañamente cómoda…
Desde allí puse rumbo a Yogyakarta, un sitio del que todo el mundo me hablaba con brillo en los ojos. Y claro, con tanto “te va a encantar”, una llega con expectativas altas. Lo bueno es que Yogya no me decepcionó ni un poquito. De hecho, en cuanto bajé del tren pensé: “Vale, aquí pasan cosas”.
Tenía tres días, ni uno más, para descubrir qué ver en Yogyakarta y alrededores. Y creedme: no desperdicié ni un minuto.
Cómo llegar a Yogyakarta
A Yogyakarta se puede llegar de mil maneras distintas, según por dónde estéis viajando. En nuestro caso, veníamos de Borneo, todavía con el olor a selva metido en la ropa, y volamos hasta Semarang. Nada más aterrizar, mi chico y yo nos miramos con esa expresión tan nuestra de: “A ver cómo salimos de esta sin una sola rupia encima…”.
Así que descartamos taxis oficiales, buses y cualquier cosa que pidiera efectivo. Tuvimos nuestro momento de lucidez y tiramos de Grab, que permite pagar con tarjeta y, sinceramente, nos salvó el día. El conductor llegó con una sonrisa enorme —una constante en Java— y aceptó encantado llevarnos directamente a Yogyakarta, aunque eso significara tres horas y pico de carretera.
El trayecto fue largo pero entretenido: arrozales que parecían no terminar nunca, pueblos diminutos, motos adelantando por el lado que les venía en gana… y nosotros dos comentando medio viaje como si fuera un documental improvisado. Cuando por fin entramos en Yogya, con ese caos amable que la caracteriza, pensé: vale, ya estamos donde queríamos.
Ahora bien, si vosotros llegáis desde otros puntos de Indonesia, hay varias opciones que funcionan igual de bien:
– Desde Yakarta o Bali (Denpasar):
Lo más habitual es volar directamente al Aeropuerto Internacional de Yogyakarta (YIA). Es moderno, cómodo… y está bastante lejos de la ciudad. Contad una hora larga hasta el centro. Podéis ir en tren, bus o Grab; si queréis rapidez, Grab es lo más práctico.
– Desde Surabaya o Malang:
Hay trenes muy cómodos que conectan toda la costa norte de Java. Son trayectos largos, pero el paisaje merece la pena. Y los trenes de Java sorprenden para bien: limpios, puntuales y tranquilos.
– Desde Semarang (si lleváis efectivo):
Tenéis también la opción de tren, que es muy barato y tarda unas 3–4 horas. Mucha gente lo elige porque es cómodo y te ves medio Java desde la ventanilla.
– Desde ciudades pequeñas de Java:
Los buses interurbanos funcionan, pero requieren paciencia. Mucha. Y yo, que soy más de optimizar tiempo, no los recomendaría salvo que viajéis con un presupuesto muy ajustado.
– Desde el aeropuerto de Yogyakarta al centro:
Si vuestro vuelo llega directo a Yogyakarta, la forma más sencilla es Grab o taxi con taxímetro. Si preferís ahorrar un poco, el tren exprés os deja en la estación de Tugu y es una opción buenísima.
En resumen: opciones hay muchas. Pero si lo que queréis es llegar sin dramas y con margen para disfrutar, vuelo + Grab o tren + coche suelen ser combinaciones infalibles.
Moverse por Yogyakarta
Yogykarta es grande, pero todo parece más lejano de lo que es; al final, el centro no es gigante y todo está más o menos cerca de todo. Yo usé sobre todo Grab y Gojek —rápido y barato— y algún becak (los tuktuks de allí) para trayectos más cortos. Lo recomiendo un montón: te mueves despacio, ves la ciudad desde otra perspectiva y, según mi conductor, “te da tiempo a pensar”. Y tenía razón, oye.
Las distancias a los templos sí son más largas, y dado que son de las principales cosas que ver en Yogyakarta, toca coger coche, tour o como hice yo Gojek. Pero ahora voy por partes, que lo mejor aún está por venir.
Dónde dormir en Yogyakarta
Yo me quedé en el Ayaarta Hotel Malioboro, que está al lado de la calle principal (Malioboro), pero no en el meollo y cerca más o menos de todo.
Otra zona que está muy bien para quedarse y que sin duda recomendaría es Prawirotaman, que es tranquila, con cafés agradables y un ambiente muy viajero. Muy recomendable si buscáis dónde dormir en Yogyakarta sin estar en el lío de Malioboro, pero tampoco lejos de nada.
Además, allí encontré uno de mis desayunos favoritos del viaje: tostadas con huevo, café fuerte y un bol de fruta fresquísima. Cosas simples que te arreglan el día.
Día 1: Malioboro, primeros contrastes y una noche en Prawirotaman
El día de llegada estábamos cansados del viaje, la verdad, pero no podíamos dejar de salir a dar una vuelta. Dejamos las maletas en el Ayaarta Hotel Malioboro, nuestro alojamiento para esos días, que está literalmente a dos pasos del bullicio.
Salimos caminando a Malioboro (no esperéis grandes paseos: las ciudades no están hechas para caminar en Indonesia) y, madre mía, qué recibimiento. Motos que pasan rozándote, vendedores enseñando pañuelos, gente caminando en todas direcciones y miles de puestos de comida indonesia callejera, sobre todo satay. Es no sólo una de las principales cosas que ver en Yogyakarta, sino también una de las que vivir.
Después de la comida y una siestecilla en el hotel (necesaria en viajes largos), cogimos un Gojek para ir hasta Prawirotaman, la zona más alternativa y artística de la ciudad. Allí encontraréis cafés llenos de murales, barcillos con música, gente joven charlando en terrazas… un ambiente súper relajado que contrasta muchísimo con el ruido de Malioboro y que es perfecto si queréis tomar algo.
Nos sentamos en la terraza de un bar al azar, pedimos un par de cervezas frías y nos quedamos ahí charlando un buen rato (con otras dos cervezas más). Aquí veréis pasar a viajeros con mochilas gigantes, parejas locales haciéndose fotos, un gato que decidió que nuestra mesa era territorio conquistado… todo tipo de personas y situaciones.
Día 2: Borobudur y Prambanan en un día
El segundo día se presentaba intenso. Nos levantamos temprano, aunque no tanto como los que suben a Borobudur para ver el amanecer. Nosotros optamos por un desayuno tranquilo (ojo, aquí no hay tanto viajero internacional y eso se nota en los desayunos), café bien cargado y coche rumbo al templo cuando el sol ya había empezado a apretar. Aun así, llegamos bastante pronto y la luz era bonita, suave, de esas que aún no derriten.
Borobudur, uno de los dos principales templos que ver en Yogyakarta es impresionante, lo mires desde donde lo mires. Es una estructura enorme, con las estupas alineadas como si estuvieran vigilando el valle. De hecho, es el mayor templo budista del mundo. La visita es en un circuito organizado (cosa que no me encanta pero que es verdad que no se hace pesada), así que vas subiendo en espiral mientras descubres relieves y pequeños detalles.
El calor llegó pronto, claro, pero aun así nos quedamos un rato arriba admirando las vistas (y yo haciendo fotos). Había brisa y no se estaba tan mal: entre la vista y el silencio, nos costó bajar.
Tras la visita, que duró unas dos horas, comimos algo rápido en uno de los puestos que encontraréis en los alrededores (son turísticos, sí, pero a veces es lo que hay si tienes que moverte de un sitio a otro, y la comida no estaba tan mal como auguramos).
Y es que Prambanan por la tarde tiene algo especial. No sabría decir si es la luz, o el contraste entre las torres oscuras y el cielo que empieza a cambiar de color, pero entré al complejo y las expectativas (que eran muy altas) quedaron bajas. El templo principal es impresionante, pero lo que más me gustó fue la sensación de espacio: hay aire, hay distancia, hay perspectiva. Y eso en un templo grande se agradece muchísimo.
Caminamos despacio, dejándonos llevar. A ratos seguíamos un camino, a ratos nos salíamos para ver un relieve más de cerca. Cuando el sol empezó a caer, el cielo se puso naranja y las sombras se hicieron larguísimas. Nos sentamos en un banco, sin prisa, viendo cómo la luz iba bajando. Un chico local se acercó para practicar inglés con nosotros y acabamos hablando de música y comida indonesia.
Volvimos al hotel cuando ya era casi de noche, cenamos algo en un restaurante de al lado y a dormir después de un día sin parar.
Día 3: Plaosan, Sewu y el corazón cultural de Yogya
Por la mañana pusimos rumbo a Candi Plaosan, que fue una sorpresa total. Mucho menos conocido que Prambanan, pero precioso. Hay algo más íntimo allí: menos gente, más silencio, más espacio para pasear sin prisas. Las dos estructuras gemelas, los detalles de las piedras, los campos alrededor… parecía sacado de una postal. Mi chico, que es muy de fijarse en lo pequeño, se quedó un buen rato observando los relieves mientras yo buscaba la sombra más cercana.
Muy cerca está Candi Sewu, una de las principales cosas que ver en Yogyakarta ciudad. Es enorme, casi como una ciudad pétrea en ruinas. Caminamos entre las estructuras medio derrumbadas, imaginando cómo sería aquello completo. A medida que avanzábamos, aparecían pequeñas estupas por todas partes, como piezas de un puzle gigante. Y lo bueno es que está tan cerca de Prambanan que sorprende que no venga más gente a verlo.
Tras los templos, volvimos hacia la ciudad para entrar en el Kraton, el palacio real. Es un lugar curioso: mezcla de arquitectura javanesa, vida palaciega y un ambiente tranquilo que te saca completamente del ruido exterior. Justo cuando entramos, había un pequeño espectáculo de música tradicional.
De allí fuimos caminando hacia Taman Sari, el conocido Castillo de Agua. Entre pasadizos, puertas medio escondidas y piscinas turquesa, parece un escenario. Y sí, estaba lleno de gente haciéndose fotos —además varias parejas vestidas de gala para sesiones pre-boda, que es muy típico allí— pero aun así tiene su encanto.
Terminamos el día paseando sin rumbo, dejándonos llevar entre puestos callejeros, el olor dulce del té jazmín y el bullicio amable de Yogya.De todos los lugares que visité en Indonesia, Yogyakarta fue uno de los que más me sorprendió sin yo esperarlo. Hay ciudades que te conquistan por lo bonito; Yogya lo hace por cómo te hace sentir. Caótica, creativa, espiritual y con un punto vibrante que se te queda dentro.












