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Hay viajes que se planean con meses de antelación y otros que surgen casi por capricho. Zell am See fue de los segundos. Estaba en Alpbach, aún con las botas llenas de nieve y un poco cansada de tanta calma alpina, cuando se me cruzó la idea: “¿Y si me acerco a ese lago del que todo el mundo habla?”. La chispa fue inmediata. Lo comenté con un amigo por WhatsApp y me respondió: “Tienes que ir, aunque solo sea por la vista desde el paseo del lago”. No necesité más. Reservé un bus y al día siguiente estaba en ruta.
Ojo, porque el viaje en sí ya merece la pena: carreteras que serpentean junto a ríos medio helados, pueblos con tejados blancos y montañas que parecen decorados de cine.
Llegué a Zell am See por la mañana, y nada más bajar del bus pude admirar el pueblo, decorado con pequeñas luces doradas navideñas que hacían el ambiente (bastante frío, como es lógico) mucho más cálido. El silencio era casi absoluto, roto sólo por el crujir de la nieve de los pasos de algunos caminantes a lo largo de la orilla del magnífico lago que preside la localidad.
Lo primero que tuve que hacer fue buscar una bufanda. La había perdido en Alpbach y no pensaba sobrevivir a las rutas alpinas con el cuello al aire. Encontré una tienda de deportes donde me vendieron una de lana gruesa, de esas que pican un poco pero abrigan de verdad. Y ya con ella puesta, respiré hondo y me dije: ahora sí, estoy lista.
El lago de Zell am See, un espejo helado
Lo primero que hice fue dejar la mochila en las taquillas de la estación para poder caminar sin molestias ni prisas. Tras esto, salí disparada hacia el lago. La vista te deja atontado. El lago de Zell am See en pleno puente de diciembre parecía una lámina de cristal a medio congelar, con partes ya congeladas y otras con pequeñas corrientes debido al viento. Aún así, las aguas estaban muy calmas y reflejaban los Alpes, tan nítidos que costaba creer que no fueran un decorado.
Merece la pena, sin duda, dar una vuelta con calma por la orilla, para admirar las diferentes postales que ofrece y cruzarte con la gente de la zona en su vida diaria. Era fin de semana y se notaba: parejas compartiendo un termo, niños arrastrados en trineos que chillaban de risa y personas caminando o corriendo. Yo encontré un banco y me senté un rato, con los guantes puestos y la nariz ya roja de tanto frío. Fue ese tipo de pausa en la que piensas: “Vale, aunque no haga nada más, ya ha valido la escapada”.
Un vecino me contó que en verano la gente se lanza al agua y hasta alquilan barcas para dar una vuelta. Seguramente sea precioso también, pero yo creo que lo mágico está en este contraste: el lago quieto, helado, y a la vez un pueblo que sigue con su vida alrededor, sin darle demasiada importancia.
Senderismo en los alrededores de Zell am See
Al día siguiente me animé a salir del pueblo y seguir el sendero hacia Thumersbach, en la orilla oriental del lago. La ruta empieza suave, bordeando casas de madera, y poco a poco se mete en un bosque donde el suelo crujía bajo cada pisada. Entre los árboles se levantaban cabañas con humo saliendo de las chimeneas, y ese olor a leña húmeda me acompañó durante un buen rato.
En un punto el camino se abre y aparece un claro desde donde se ve todo el lago, con las montañas detrás. El sol, que apenas asomaba, se colaba entre las ramas cubiertas de escarcha y pintaba el paisaje de un dorado casi irreal. Me quedé quieta varios minutos, solo escuchando unas campanas lejanas que llegaban desde el valle.
Lo bueno es que aquí hay rutas para todos: desde este paseo de un par de horas hasta opciones más largas como subir hacia el Schmittenhöhe, el pico que domina Zell am See y que en invierno mezcla senderistas con esquiadores. Eso sí, si vais con nieve, llevad bastones o incluso crampones ligeros: la nieve compacta engaña y resbala más de lo que parece (yo lo comprobé en primera persona).
Un salto hasta Kaprun y el glaciar
Si hay un lugar que rivaliza con Zell am See en invierno, ese es Kaprun. Está a menos de 20 minutos en bus y es el paraíso de los esquiadores. El glaciar Kitzsteinhorn asegura nieve prácticamente todo el año y tiene un mirador a más de 3.000 metros que corta la respiración.
Yo no esquié (todavía no me he atrevido), pero subí en teleférico hasta una estación intermedia solo por ver el ambiente y, sobre todo, las vistas. Familias enteras con cascos de colores, grupos de amigos lanzándose montaña abajo como si no hubiera un mañana, y yo, en modo espectadora, disfrutando del contraste. Una señora mayor, con pinta de llevar toda la vida en ello, me dijo en alemán algo así como: “Aquí, si no esquías, al menos disfrutas”. Y la verdad, tenía razón.
Si os animáis a esquiar, el forfait ronda los 60 € al día, y hay escuelas de esquí por todas partes. Incluso ofrecen cursos exprés de medio día para principiantes.
Comer en Zell am See: calor en cada plato
Después de pasar horas entre nieve y aire frío, me refugié en el Wirtshaus zum Metzgerwirt, una de esas tabernas tradicionales que parecen detenidas en el tiempo. Madera oscura en las paredes, lámparas bajas y ese aroma a sopa recién hecha que te envuelve nada más entrar.
Pedí un estofado de ciervo que estaba de locos, sobre todo después de un día a la intemperie. Lo acompañé con una buena cerveza local que entraba suave, como pensada para maridar con el frío de fuera.
Y cuando ya pensaba que no podía con nada más, la camarera se inclinó con una sonrisa cómplice: “¿Kaiserschmarrn?”. No estaba en mis planes, pero la tentación pudo más. Al poco llegó un plato humeante con trozos irregulares de masa esponjosa, azúcar glas cayendo como nieve y un cuenco de compota de ciruela al lado. El olor dulce me ganó antes de probarlo. Yo, que había jurado no pedir postre, terminé peleándome con el tenedor como si llevara todo el día en ayunas.
El precio medio aquí ronda los 20-25 € por persona, aunque si preferís algo más informal siempre hay bares donde un goulash se queda en unos 10 €. Pero si queréis un sitio con sabor auténtico de pueblo alpino, el Metzgerwirt no falla.
Otras opciones para comer en Zell am See son:
- Hilberger’s Beisl es un bistró pequeñito en el centro de Zell am See, con cocina regional creativa y un ambiente íntimo donde se mezclan locales y viajeros. Ideal si buscáis platos tradicionales con un giro personal.
- Erlhof, a orillas del lago, es de los más antiguos de la zona (se menciona ya en 1137). Su interior de madera y chimenea lo hacen perfecto en invierno, y su carta mantiene la esencia clásica alpina.
- Kraftwerk apuesta por ingredientes de la región y platos sencillos pero con mucho sabor. No es el más turístico, y quizá por eso tiene tanto encanto.
- Fliegerei aparece a menudo en recomendaciones de locales: sin pretensiones, pero con buena comida y ambiente relajado, de esos sitios donde te sientes parte del pueblo.
- Kupferkessel es una taberna familiar muy conocida en Zell am See. Ambiente desenfadado, raciones generosas y platos de toda la vida como Schnitzel o goulash.
Tras una copiosa comida, había que bajar un poco… Me fui a dar una vuelta por la otra orilla del lago. El agua estaba tan quieta que reflejaba las montañas casi como un espejo, dejando una foto espectacular. En el camino me topé con un grupo de chavales que se entretenían lanzándose trozos de hielo, como si fueran bolas de nieve improvisadas.
Cómo llegar a Zell am See y moverse por la zona
Yo llegué en autobús desde Innsbruck, pero tenéis más opciones:
- Desde Salzburgo, tren directo en 2 horas por unos 25 €.
- Desde Múnich, tren con un cambio en Kufstein, unas 3 horas y media.
- Desde Innsbruck, bus directo en 3 horas, unos 15-20 €.
Moverse por la zona es fácil: los buses conectan Zell am See con Kaprun en menos de 20 minutos, y el paseo alrededor del lago se hace perfectamente a pie.
Consejos prácticos para vuestro viaje a Zell am See
- Dónde dormir: pensiones familiares desde 60 € o hoteles con vistas al lago desde 120 €.
- Cuándo ir: en invierno para esquiar y ver el lago helado; en verano para senderismo y baño.
- Qué llevar: ropa térmica, botas de montaña, guantes extra y crema solar (sí, incluso en diciembre).
- Extras: probad el Kaiserschmarrn, y si os sobra tiempo, acercaos a Kaprun para ver el glaciar Kitzsteinhorn.












