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Qué ver en Innsbruck: ruta entre mercados, nieve y plazas de postal

No sé en qué momento exactamente se me metió Innsbruck en la cabeza. Supongo que fue una mezcla de cosas: una foto que vi con las casas de colores reflejadas en el río Inn, un comentario de alguien que me dijo “en Navidad es como un cuento”… y ya está, la idea se me quedó ahí, como esas canciones que tarareas sin darte cuenta. Así que, cuando organicé mi ruta por los Alpes austriacos y alemanes, lo apunté: qué ver en Innsbruck iba a pasar de la lista de sueños a la de recuerdos.

Llegué desde Alpbach, ese pueblo de postal donde hasta los gatos parecen más elegantes. Allí el silencio es tal que oyes caer la nieve. Cambiarlo por una ciudad me dio un poco de pena, pero en cuanto bajé del tren y me dio el primer golpe de aire frío en la cara, supe que no me iba a decepcionar. Me subí la bufanda hasta la nariz y pensé: “vale, esto es Tirol de verdad”.

El aire olía dulce, a galletas recién hechas y algo de canela, y las luces navideñas estaban encendidas aunque aún era de día. Esa mezcla de cielo gris, montañas blancas al fondo y calles encendidas me dio una especie de cosquilleo raro, como cuando estás a punto de abrir un regalo.

El primer paseo y toma de contacto en Innsbruck

Innsbruck no es enorme, pero en menos de diez minutos ya estaba en una calle que no reconocía. Y, como suele pasarme, eso fue lo mejor que me pudo pasar. Di con un mercado navideño que no estaba en mi lista. Nada espectacular en tamaño, pero… qué olores. Ahí probé mi primer Kiachl, que es básicamente una masa frita blandita, con los bordes crujientes, cubierta de azúcar glas. Lo puedes pedir con mermelada o col, y aunque la col me sonaba raro, os prometo que no está nada mal.

Volví sobre mis pasos hasta llegar al Tejadillo Dorado (Goldenes Dachl). Me lo imaginaba bonito, pero no tan llamativo. El emperador Maximiliano I lo mandó construir en el siglo XV para poder ver las celebraciones sin mojarse ni pasar frío. Y sí, brilla de verdad. Las tejas son de cobre dorado y, aunque haya pasado medio milenio, siguen teniendo ese punto de “eh, mírame” que hace que te quedes quieta un rato. A su alrededor, fachadas con frescos, balcones de hierro y calles que invitan a perder más tiempo del que tienes.

Mercados navideños: donde la dieta va a morir

Si vais en diciembre y os preguntáis qué ver en Innsbruck, preparaos para los mercados. El más famoso está frente al Tejadillo Dorado, y sí, es precioso, pero el que más me gustó fue el de Marktplatz, junto al río.

Es más pequeño, menos saturado, y tiene un tiovivo de madera que chirría con cada vuelta. Allí cambié el típico vino caliente (no me va) por un chocolate espeso, de esos que parecen comida más que bebida. Llevaba una montaña de nata encima que acabó en mi nariz. Me lo dieron en una taza por la que pagabas (no recuerdo, pero algo irrisorio) y que podías devolver… pero claro, yo me la quedé. El resto del día la llevé en la mochila como si fuera un trofeo, ocupando un espacio que, sinceramente, necesitaba para otras cosas.

En ese mercado vi puestos con bolas de Navidad pintadas a mano, quesos que olían a gloria, y galletas de jengibre con formas tan bonitas que daban pena morderlas (aunque eso no me detuvo). También me quedé un rato mirando cómo unos niños patinaban en una pista de hielo improvisada mientras sus padres bebían algo caliente y charlaban. Todo tenía ese punto de “vida real” que hace que te olvides de que estás en un sitio turístico.

El Castillo de Ambras en Innsbruck

En mi lista de qué hacer en Innsbruck estaba el Castillo de Ambras. Cogí un autobús (unos diez minutos desde el centro) y el trayecto ya merecía la pena: tejados cubiertos de nieve, árboles desnudos y ese cielo invernal que hace que todos los colores parezcan más intensos.

Los jardines estaban cubiertos por una capa de nieve que crujía bajo los pies. Dentro, el castillo es un viaje al pasado: armaduras, retratos de personajes que parecen mirarte de verdad y salas con techos de madera que huelen a historia. La Sala Española es impresionante: ventanales gigantes, suelos de madera que crujen, y esa luz invernal que entra de lado y te obliga a quedarte un rato. La entrada eran unos 10 €, y ojo, cierra los lunes.

De vuelta, pasé por el Palacio Imperial (Hofburg). No entré porque ya era tarde y, sinceramente, prefería callejear. Pero su fachada blanca, con la nieve cayendo en silencio, parecía de mazapán. En ese momento entendí por qué dicen que Innsbruck, en pleno corazón del Tirol en Austria, tiene un aire imperial que otras ciudades no han sabido mantener.

Comer en Innsbruck: misión cumplida

Uno de mis objetivos era probar todo lo que pudiera. Además del Kiachl, me lancé a por el Kaspressknödel, que son albóndigas de pan y queso en caldo. Un plato que te deja lista para hibernar. En un pequeño restaurante familiar, la dueña me dijo sonriendo: “Con esto, no pasarás frío en todo el día”. Acertó.

En los mercados, el strudel de manzana con canela fue mi perdición. También las salchichas ahumadas con pan crujiente. Y las galletas, claro. Me dije varias veces “ya no puedo más”… pero siempre había un “bueno, por probar…”.

Nordkette: las montañas de Innsbruck

Aunque esquiar en Innsbruck es uno de los grandes reclamos para muchos viajeros, yo fui con otro plan: subir a la Nordkette para disfrutar de las vistas… y bajarla sin esquís. Desde el centro, el teleférico te lleva en menos de media hora a la cima, pasando por paisajes que parecen sacados de una postal: bosques blancos y, de fondo, las montañas afiladas del Tirol.

Arriba, el mirador Hafelekar ofrece una panorámica brutal: la ciudad a un lado, kilómetros de cumbres al otro. El aire es tan frío y limpio que parece que te despeja la cabeza de golpe. Justo allí hay un restaurante con una terraza cuyas vistas son aún mejores, y no pude resistirme a tomar una cerveza al sol, al borde de la montaña, admirando el valle por completo. Y, aunque las pistas están allí mismo para quienes quieran esquiar, opté por bajar caminando, ya que en la zona los senderos están muy bien señalizados. De esta forma, pude ir viendo cómo el paisaje iba cambiando poco a poco hasta volver a pisar las calles adoquinadas de Innsbruck.

Mi último día decidí no correr. Paseé por la orilla del río Inn, con las casas de colores reflejadas en el agua y las montañas como telón de fondo. El suelo estaba un poco resbaladizo, así que fui más lenta de lo normal, lo cual resultó perfecto.

Cuando empezó a atardecer, las cumbres se tiñeron de rosa. Me quedé quieta, sin hacer fotos, solo mirando. Y pensé: a veces, para conocer un lugar, no hace falta verlo todo. Basta con dejar que el sitio te encuentre a ti. A veces, lo mejor es perderse, dejarse llevar por un olor dulce, seguir a un músico callejero o quedarse mirando cómo cae la nieve.

Y si os lleváis la taza del mercado… dejad hueco en la mochila. No digáis que no os avisé.

Innsbruck dependiendo del tiempo que tengas

Qué ver en Innsbruck en 1 día

  • Casco antiguo y Tejadillo Dorado
  • Mercado navideño de la plaza principal (en diciembre)
  • Paseo por el río Inn con vistas a las casas de colores

Qué ver en Innsbruck en 2 días

  • Todo lo anterior
  • Mercado de Marktplatz
  • Palacio Imperial (Hofburg)
  • Subida en teleférico hasta Nordkette

Qué ver en Innsbruck en 3 días

  • Todo lo anterior
  • Castillo de Ambras Innsbruck
  • Museos o exposiciones temporales en el Tirol Panorama

Ana Fernández de Tejada

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