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Qué ver en Ubud en 4 días: templos, arrozales y cascadas de ensueño

Hay lugares que te atrapan sin hacer ruido, y Ubud es uno de ellos. No sé si fue el olor a incienso por la mañana, las ofrendas en cada esquina o esa calma que se cuela incluso entre el ruido de las motos, pero supe enseguida que me iba a costar irme. Veníamos buscando el alma de Bali, y la encontramos entre arrozales y templos.

Cómo llegar a Ubud, Bali

Llegar a Ubud es más sencillo de lo que parece, aunque el tráfico balinés puede poneros a prueba. Lo habitual es volar hasta Denpasar, al Aeropuerto Ngurah Rai (eso hicimos nosotros) y, desde allí, coger un taxi o un coche con conductor. El trayecto dura alrededor de una hora y media (más si coincidís con hora punta) y cuesta entre 250.000 y 350.000 rupias (unos 15–20 €).

Si preferís más libertad, podéis alquilar una moto en el aeropuerto, aunque aviso: el tráfico en Bali no es para principiantes. De hecho, leí que se estaban planteando no permitir a los extranjeros alquilar motos en Bali, debido al número de accidentes en los que se ven envueltos habitualmente. Nosotros optamos por un traslado privado que reservamos desde casa y nos dejó directamente en nuestro alojamiento, el Ulun Ubud Resort, un auténtico paraíso desde donde ver la selva y donde cada mañana el desayuno se servía con el sonido del río y el canto de los pájaros (una pasada, la verdad). Si os gusta leer, hacerlo por la mañana temprano, en la terraza de la habitación, mirando de vez en cuando a la selva, es algo que recomiendo 100%.

Día 1 – Ubud y Campuhan Ridge

El primer día en Ubud lo dedicamos a descubrir la ciudad y sus alrededores. Por la mañana, tras un copioso desayuno en el hotel, salimos a caminar sin rumbo fijo, y eso —en Ubud— siempre acaba bien. Calles estrechas, templos escondidos, olor a incienso y esa sensación de que cada puerta esconde un santuario (y casi os diría que es así, hay millones).

Comenzamos la mañana recorriendo el Campuhan Ridge Walk, un sendero gratuito que empieza cerca del Warwick Ibah Hotel, en el centro de la ciudad, y una de las principales cosas que ver en Ubud. A primera hora es perfecto: la bruma todavía está presente sobre el valle, el verde parece más verde y solo se oye el zumbido de los insectos (encontraréis a muy poca gente). El paseo es corto —unos dos kilómetros de ida— y termina en una zona de cafeterías con unas vistas increíbles donde tomamos un zumo de aguacate (tenéis que probarlo, es una locura), mirando al horizonte. No se me ocurre una mejor manera de empezar el día.

Tras esto, terminamos dando una vuelta por el centro y paramos en el Palacio Real de Ubud (Puri Saren Agung). Es pequeño, pero bonito y gratuito, y tiene ese aire ceremonial que te mete de lleno en la cultura balinesa. Justo enfrente está el Mercado de Ubud, que es sin duda una de las principales cosas que hacer en Ubud y donde probamos nuestras primeras frutas locales (el mangostán se lleva la medalla, por raro). El bullicio, los colores y los regateos son parte del encanto. Aunque ahora veréis mucho producto recién llegado de China, sí sigue habiendo algunos puestos que merecen la pena; lo más impactante es la comida, con todas sus frutas, verduras y alimentos varios.

A pocos pasos se encuentra el Templo Saraswati, dedicado a la diosa de la sabiduría. Su estanque lleno de flores de loto parece sacado de un cuadro, y si vais al atardecer, los farolillos se encienden y el lugar se vuelve mágico. Y si queréis disfrutar de las vistas más bonitas del templo sin entrar, subid al Lotus Café. No vayáis a comer, la comida no destaca, pero sí merece la pena tomar un café o un zumo desde su terraza con vistas directas al estanque.

Por la tarde nos adentramos en el Monkey Forest, el famoso bosque de los monos, que muchos os dirán que es una de las cosas que ver sí o sí en Ubud, Bali. La entrada cuesta 80.000 rupias (unos 5 €) y abre de 8:30 a 18:00. Para mí no merece nada la pena, lo calificaría un poco de “tourist trap”, porque macacos vais a ver por millones y el lugar no es tan espectacular (esto es opinión puramente personal). Los monos son los verdaderos dueños del lugar, así que mejor no llevar comida ni gafas al descubierto.

Ese día terminamos cenando en Makan Bu Rus, atraídos por su pollo a la brasa de la entrada. Se trata de un warung escondido (bastante) entre jardines, con mesas de madera y una atmósfera tranquila. De hecho, sorprende lo que encuentras dentro, ya que por fuera parece mucho más de batalla. Su nasi campur es de los mejores que probamos en todo el viaje.

Día 2 – Arrozales, templos y caminos que huelen a tierra mojada

El segundo día era uno de los que más me apetecían por la zona, ya que estaba deseando conocer los arrozales de Tegallalang, que se encuentran a unos 20–45 minutos en transporte del centro (depende del tipo de transporte y del tráfico que haya). Es uno de esos lugares que habías visto mil veces en fotos y, aun así, te dejan sin palabras: terrazas infinitas, caminos de tierra y columpios gigantes que dan vértigo (y bastante postureo también…). La entrada cuesta unas 25.000 rupias, y lo ideal es llegar antes de las nueve de la mañana, cuando el sol todavía es suave y no han llegado los grupos. Caminar por los pequeños senderos que dejan los arrozales y ver cómo los locales hacen sus ofrendas antes de que llegue una multitud que solo va a por la foto (ya lo veréis) es un lujo. Sin duda, si tuviese que elegir un lugar que ver en Ubud, este estaría muy alto en la lista.

Cerca de Tegallalang está el Templo Tirta Empul, el llamado templo del agua sagrada. La entrada cuesta 50.000 rupias, y si queréis participar en el ritual de purificación (merece la pena), tendréis que llevar un sarong o alquilarlo allí (como ocurre en muchos templos, así que os recomiendo comprar uno y llevarlo siempre en la mochila). Ver a los locales y viajeros sumergirse en silencio bajo los chorros del manantial es algo curioso y único que no debéis perderos.

De vuelta en el centro, paramos a comer en Biah Biah, uno de esos lugares donde siempre hay ambiente pero sin perder autenticidad (que no os asuste la cola, va súper rápido). Sus platos típicos balineses son ideales para probar un poco de todo. No os perdáis además el plátano frito (uno de los mejores que probé). Por la tarde, café en Pison Coffee y masaje en Karsa Spa, uno de los mejores de la zona (una hora por unas 180.000 rupias, y sales flotando).

Por la noche fuimos a Naughty Nuri’s, famoso por sus costillas y su ambiente animado. Si queréis un cambio del nasi goreng, este es vuestro sitio. Aunque parezca curioso, las costillas son uno de los platos típicos de esta zona y este es uno de los lugares donde más ricas están.

Día 3 – Cascadas y templos entre la selva

Ese día tocaba bien de coche y moverse un poco más por la zona. Nos movimos siempre con Gojek, y la verdad es que fue súper cómodo. Nuestra primera parada fue la Cascada Tegenungan, a unos 30 minutos de Ubud, una de las cascadas que ver en Ubud. Es una de las más turísticas, sí, pero espectacular. Mejor ir temprano, antes de que lleguen los grupos. La entrada cuesta 25.000 rupias, y hay taquillas para dejar las cosas si os animáis a bañaros. Yo me tuve que comprar unas chanclas porque se me olvidaron… y la verdad es que los precios están genial, así que no os preocupéis si olvidáis algo.

Desde allí continuamos hacia la Cascada Kanto Lampo, escondida entre paredes de roca cubiertas de musgo. Esta estaba algo más llena y no la disfrutamos tanto, pero aun así merece la pena. La entrada cuesta unas 20.000 rupias, y si vais entre semana suele estar bastante tranquila (no sé el fin de semana, y menos en temporada alta).

Para completar la ruta, acabamos en la Cascada Tibumana, quizá la más bonita de todas (y la que menos gente atrae). Un velo de agua cayendo sobre una poza rodeada de selva. Es más tranquila que las otras y perfecta para darse un baño.

Paramos a comer en Warung Pulau Kelapa, un restaurante precioso con huerto propio y mesas entre flores. Todo está hecho con ingredientes frescos y locales; el curry de pollo fue un acierto total (cualquier plato con pollo, en realidad, estará espectacular en Indonesia).

Por la tarde visitamos el Templo de Gunung Kawi, en Tampaksiring. El camino de bajada entre arrozales ya merece la visita. Dentro, las enormes estatuas talladas en la roca impresionan incluso después de ver decenas de templos. La entrada cuesta 50.000 rupias y se necesita sarong (lo tenéis también a la entrada).

Día 4 – Despedida entre mercados y arrozales

El último día lo dedicamos a disfrutar sin prisas. Fuimos al mercado de arte de Ubud, donde el regateo es casi un deporte. Si vais temprano, las vendedoras están más dispuestas a bajar el precio (dicen que trae suerte vender la primera venta del día).

Por la tarde, descansamos en la piscina del hotel (que tenía unas vistas espectaculares) y dimos un último paseo por el centro y los mercados. Para cenar decidimos ir a un japonés de la calle principal (no soy mucho de comer cosas de fuera del lugar que visito, pero de vez en cuando no viene mal).

Consejos prácticos para viajar a Ubud

  • Cuándo ir: la mejor época es de mayo a octubre, cuando hace mejor tiempo (más sol) y las carreteras no se convierten en piscinas por las fuertes lluvias. En la temporada de lluvias (noviembre a abril) todo está más verde y bonito, aunque os caerá algún chaparrón (o bastantes, depende de la suerte que tengáis).
  • Moneda: se paga en rupias indonesias (IDR). En la mayoría de sitios aceptan tarjeta, pero conviene llevar algo de efectivo para los templos, los warungs o ese zumo de mango improvisado en mitad de la nada.
  • Transporte: en Ubud todo está relativamente cerca, pero las cuestas y el calor se hacen notar. Lo más cómodo es moverse en moto (desde 80.000 rupias al día, aunque no os lo recomiendo si no habéis conducido nunca en Asia), en Gojek o Grab, o contratando un conductor por jornada para las excursiones.
  • Comida: comed sin miedo en los warungs locales. Son baratos, auténticos y se come de maravilla. Probad el nasi campur, el mie goreng, el curry balinés y los zumos naturales (el de aguacate con chocolate es un clásico bueníiiiisimo). Un plato con bebida cuesta unos 3–4 €, algo más si cae una cerveza (o varias).
  • Respeto local: en los templos, cubríos hombros y rodillas, y no toquéis las ofrendas del suelo (sí, incluso si están justo donde vais a pisar). Forma parte de la vida diaria allí, y verlo de cerca es precioso.

Al final, Ubud no es solo un lugar que ver, sino un lugar que sentir. Hay templos, arrozales, cascadas y cafés con vistas de postal, sí, pero lo que realmente engancha es su ritmo: lento, pausado, casi hipnótico. Entre el ruido de las motos y el canto de los grillos, aprendes a tomarte las cosas con calma, a mirar sin prisa. Y quizá por eso, cuando te vas, sientes que dejas algo allí… pero también que te traes algo contigo.

Ana Fernández de Tejada

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