Llevaba tiempo buscando un lugar donde la naturaleza lo inundara todo y siempre había oído que Indonesia era así: volcanes, templos, arrozales y playas de postal. Pero una cosa es oírlo y otra vivirlo. Tres semanas después, entendí que aquel deseo tenía nombre propio: el archipiélago de las mil islas. Si estáis buscando qué ver en Indonesia en tres semanas, este es vuestro artículo 😉
Indonesia, un país de mil rostros (y más de 17.000 islas)
¿Sabíais que Indonesia tiene más de 17.000 islas? Es una locura. Si la pusierais sobre el mapa de Europa, cubriría de Irlanda a Turquía. Es el archipiélago más grande del mundo y también uno de los más diversos: más de 300 grupos étnicos, 700 lenguas y varias religiones que conviven bajo un mismo lema nacional, “Bhinneka Tunggal Ika”, que significa “Unidad en la diversidad”.
Durante siglos, estas islas fueron el centro del comercio de especias —clavo, nuez moscada, pimienta— y eso atrajo a medio mundo: portugueses, británicos y, sobre todo, holandeses, que dominaron el archipiélago durante más de trescientos años. No fue hasta 1945 cuando Indonesia declaró su independencia, y aún hoy el país conserva una mezcla fascinante de influencias europeas, árabes y asiáticas.
La religión se nota en cada gesto y en cada esquina. En la mayor parte del país predomina el islam, y es habitual escuchar el rezo del muecín al amanecer o ver a las mujeres caminar con sus pañuelos de colores por los mercados. Pero cruzar de isla es casi como cambiar de mundo: en Bali, el hinduismo balinés marca el ritmo con templos abiertos, ofrendas de flores y ese olor a incienso que parece no apagarse nunca. En Sulawesi y Flores, el cristianismo convive con las tradiciones locales, y en Borneo, los pueblos dayak mantienen vivas creencias animistas que se remontan siglos atrás.
Y luego está la naturaleza, que es una de las principales razones por las que viajar a Indonesia y que no entiende de fronteras: volcanes activos, selvas infinitas y arrozales que brillan como espejos. Cada isla parece un país distinto, con su idioma, su carácter y su comida. Viajar a Indonesia no es solo saltar de isla en isla, es entender que la diversidad puede ser un modo de vida.
Cómo llegar a Indonesia
Llegar a Indonesia desde España requiere paciencia… y buen cuello para las siestas de avión. Lo más cómodo es volar con Emirates o Qatar Airways haciendo escala en Dubái (nuestra opción) o Doha. Desde allí hay vuelos directos a Yakarta o Denpasar (Bali), según por dónde queráis empezar la ruta.
En nuestro caso fueron unas 7 horas hasta Dubái y otras 9 hasta Yakarta, donde enlazamos con un vuelo interno a Pangkalan Bun (Borneo). En total, casi 24 horas de viaje contando esperas, pero os aseguramos que cuando ves las palmeras moverse al otro lado de la pista, se te olvida todo.
Los billetes suelen rondar los 800–1.000 € ida y vuelta, y lo único importante es llevar el pasaporte con al menos seis meses de validez. Si vais menos de 30 días, no necesitáis visado.
Cómo moverse entre islas
Moverse por Indonesia es parte de la aventura. Entre islas grandes, lo más práctico son los vuelos internos (Lion Air, AirAsia o Batik Air), que cuestan entre 30 y 60 € por trayecto.
Para distancias cortas, hay ferries públicos y rápidos; el trayecto Bali–Gili Air, por ejemplo, dura una hora y media y cuesta unos 20 €. En tierra, la moto es reina: económica, divertida y perfecta para perderse (literalmente), aunque en Bali no os la recomiendo, demasiado caos… Para llegar a las principales atracciones que ver en Indonesia, seguramente lo más seguro sea el coche. Pero, sin embargo, Lombok es perfecto porque no hay tráfico apenas. Para movernos localmente, tenemos Gojek, perfecta para pequeños trayectos.
Días 1–2: Madrid – Dubái – Yakarta – Borneo
El viaje empezó antes de pisar selva. Madrid, Dubái, Yakarta… y por fin Borneo. Casi un día entero de trayectos, cafés insípidos de aeropuerto y esa sensación de no saber ya si era de día o de noche.
La escala en Dubái fue, dentro de todo, un regalo. Después de siete horas de vuelo, lo único que queríamos era una ducha y una cama, así que nos quedamos a dormir en uno de los hoteles del propio aeropuerto.
Si hacéis esta ruta, lo más común es volar con Emirates (escala en Dubái) o Qatar Airways (escala en Doha). Con Emirates, las conexiones suelen ser cómodas, de tres a cinco horas, aunque si os toca una más larga podéis hacer como yo y aprovechar para dormir allí mismo. El aeropuerto es enorme, limpio y perfectamente señalizado, con zonas tranquilas, duchas, tiendas abiertas toda la noche y hasta un jardín interior.
Desde Dubái, el vuelo a Yakarta o Denpasar (Bali) dura unas ocho o nueve horas, y cuando el avión empieza a sobrevolar esa alfombra verde de selva y arrozales, el cansancio pasa a un segundo plano. En ese momento entendí que el viaje —el de verdad— acababa de empezar.
Días 3–4: Borneo y el rugido de la selva
Después de coger tanto vuelo, por fin aterrizamos en Pangkalan Bun, un aeropuerto diminuto rodeado de palmeras en el que ya comienzas a ver lo que te espera :D.
Allí nos esperaba nuestro conductor, que nos llevó por una carretera llena de baches hasta Kumai, el puerto desde donde parten los klotok, esas embarcaciones de madera que durante tres días se convertirían en nuestra (magnífica) casa.
En cuanto vi el muelle y los barcos alineados, supe que el viaje cambiaba de fase: habíamos dejado atrás los aeropuertos, y empezaba lo que realmente había venido a buscar: la selva de Borneo (y los orangutanes), una de las principales cosas que ver en Indonesia en tres semanas. El embarcadero era un caos al que pronto te haces: gente cargando víveres, gallinas cruzando el muelle y viajeros buscando su barco.
Durante tres días estuvimos navegando a través del río Sekonyer por el Parque Nacional Tanjung Puting, durmiendo en la cubierta del klotok y despertando con los sonidos de la selva (muy temprano, para aprovechar el día). Y sí, vimos muchos orangutanes (cosa que siempre había querido), tanto en libertad como en los refugios, pero también muchas otras especies de animales, claro.
Entre visita y visita a los centros de rehabilitación, las comidas se preparaban a bordo: nasi goreng, verduras salteadas, fruta recién cortada… todo riquísimo, muy casero. De hecho, diría que fueron de las mejores comidas que tuvimos en Indonesia.
💡 Consejo: las excursiones al Tanjung Puting se deben reservar con agencias locales. Tres días en klotok cuestan entre 400 € y 500 € por persona, con todo incluido (comida, guía y alojamiento a bordo). Os digo que merece la pena. Si queréis mi contacto, escribidme y os lo paso 🙂
Días 5–8: Yogyakarta y el alma de Java
Desde Pangkalan Bun volamos a Yogyakarta, el corazón cultural de Java (y se nota). El vuelo apenas dura una hora, pero el cambio de escenario es total. Al salir del aeropuerto, la ciudad nos recibió con un caos de motos y bocinas.
El Templo de Borobudur, amanecer entre estupas
Si te gusta la cultura, en Templo Borobudur es una de las principales cosas que ver en Indonesia. Al amanecer el día siguiente visitamos el Templo de Borobudur, a unos 40 km de Yogyakarta. Salimos del hotel muy temprano y cogimos un Gojek (unos 15€) para llegar a primera hora desde que abren las taquillas. Hacía un día fantástico, de esos que invitan a disfrutar del entorno con calma (también con calor).
Borobudur es el mayor templo budista del mundo, construido en el siglo IX y abandonado durante siglos bajo la ceniza volcánica. Hoy en día es Patrimonio de la Humanidad. La entrada cuesta unos 25 €, y os aconsejo llegar cuanto antes, sobre todo para evitar el calor y los grupos organizados (que son bastantes).
Prambanan, el eco del hinduismo
Por la tarde visitamos Prambanan, el conjunto de templos hinduistas más grande de Indonesia. Está a unos 17 km del centro, y se puede llegar en taxi o moto Grab (unos 4–5 €) o en Gojek.
Este templo me impactó bastante, porque había leído que no era para tanto, y la verdad, a mí me encantó: con sus torres dedicadas a Shiva, Vishnu y Brahma, es impresionante. Los detalles tallados en la piedra cuentan antiguas leyendas, y si vais al atardecer, la luz dorada hace que las sombras dibujen aún más los relieves. La entrada ronda los 20 €, y se recorre bien en un par de horas, sin prisa.
Malioboro Street y la vida local
Descubrir el caos de sus ciudades es algo una de las cosas que hacer en Indonesia. El segundo día en Yogyakarta lo pasamos entre templos y paseos: dedicamos la mañana al Kraton y los palacios y la tarde a callejear por Malioboro Street, el alma de Yogyakarta.
En cuanto a templos: Sambisari, escondido bajo tierra y descubierto por azar; el Candi Plaosan, con sus torres gemelas entre campos de arroz; o el Taman Sari, el antiguo palacio del sultán, donde hoy viven familias que tienden la ropa entre los viejos muros. Pasear por sus patios, escuchar el sonido del gamelán en el Kraton o perderse por las mezquitas del barrio de Kauman es ver cómo lo sagrado y lo cotidiano se entrelazan sin esfuerzo.
En Malioboro encontraréis tiendas de batik, puestos de comida, música callejera y millones de vendedores.
Jl Prawirotaman, el Yogyakarta más alternativo
Una calle interesante dentro de Yogyakarta es Prawirotaman. Es una calle (y alrededores) tranquila (sobre todo en comparación con Malioboro) y alternativa, donde se juntan casitas pintadas de colores con cafés y restaurantes tradicionales. Por las noches se llena de una mezcla entre expatriados y locales que invita a tomar una buena Bintang bien fría.
Es la zona perfecta para tomar una cerveza Bintang bien fría, escuchar música en directo o cenar algo más elaborado: desde curry balinés hasta hamburguesas caseras.
💡 Consejo: si vais a pasar varios días en la ciudad, alojaros por esta zona. Está bien conectada, tiene ambiente nocturno y un punto relajado que se agradece después de tanto templo. Nosotros no lo hicimos, pero nos alojamos en un hotel que estaba bastante bien, el Ayaarta Hotel Malioboro.
Días 9–13: Ubud, el corazón verde de Bali
Después de un vuelo corto, llegamos a Bali, la isla más famosa de Indonesia y, aun así, capaz de sorprender incluso a quienes llegan con las expectativas por las nubes. Nos instalamos en Ubud, el corazón verde de la isla, rodeado de arrozales, templos y olor a incienso. Bastó una tarde caminando entre scooters y ofrendas florales en el suelo para entender por qué tantos viajeros acaban quedándose aquí más de lo previsto.
Ubud, el alma verde de Bali
Ubud no es solo el centro geográfico de Bali, también es su corazón espiritual y artístico. Y todo esto se deja ver en sus numerosos templos y ofrendas en la entrada de los locales, así como en sus galerías de arte, tiendas de artesanía y cafés.
Nos alojamos en el Ulum Ubud Resort – Bali, una base tranquila entre arrozales desde la que podíamos movernos fácilmente al centro para templos, cafés y mercado.
Uno de los primeros lugares que visitamos fue el Monkey Forest y, sinceramente, me pareció prescindible. Hay planes mejores en Ubud y alrededores.
Templos y espiritualidad balinesa
Los templos de Ubud y alrededores sí merecen la pena, de hecho sin duda lo incluiría como imprescindibles que ver en Indonesia. Uno de mis favoritos fue el Pura Taman Saraswati, dedicado a la diosa de la sabiduría, con un estanque cubierto de flores de loto y farolillos encendidos al anochecer. Está justo en el centro y la entrada es gratuita, así que podéis pasaros a cualquier hora.
A pocos minutos se encuentra el Goa Gajah o “Cueva del Elefante”, que os sorprenderá por su fachada tallada en piedra. Dentro del complejo hay pequeños templos y piscinas de abluciones donde las mujeres hacen ofrendas. La entrada cuesta unas 50.000 rupias (unos 3 €) y basta una hora para recorrerlo con calma.
También me encantó el Pura Gunung Kawi, un conjunto de santuarios excavados en la roca a unos 30 minutos de Ubud. El camino de bajada entre terrazas de arroz y palmeras ya merece la visita.
💡 Consejo: para todos los templos, recordad llevar sarong o pañuelo largo para cubrir las piernas; si no tenéis, os lo prestan en la entrada.
El Campuhan Ridge Walk
El Campuhan Ridge Walk es un sendero (muy sencillo) que serpentea entre colinas cubiertas de hierba alta y palmeras. Es perfecto para dar un paseo tranquilo y acabar tomando algo en los cafés que hay al final del mismo. El camino no tiene pérdida —basta con seguir el sendero de cemento— y en menos de una hora llegas a una zona con cafés y vistas a los arrozales.
Los arrozales de Tegalalang
A unos 20 minutos están los arrozales de Tegalalang, un clásico que ver en Indonesia y que, aun siendo turístico, sigue siendo impresionante. Las terrazas parecen olas verdes que se hunden entre palmeras, y si madrugáis un poco las tendréis casi para vosotros. La entrada cuesta unas 15.000 rupias (menos de 1 €) y hay pequeños warung con vistas donde tomar un café. Mirad bien, pues aunque parezca que no tienen vistas, luego cuando entráis las vistas son espectaculares.
💡 Extra: si buscáis una versión más tranquila, acercaros a los arrozales de Jatiluwih, declarados Patrimonio de la Humanidad y con mucha menos afluencia.
Sidemen, la Bali más rural
Uno de los días más bonitos fue la excursión a Sidemen, una zona montañosa a una hora y media de Ubud. El camino ya es un espectáculo: carreteras estrechas entre arrozales y pequeños pueblos donde el tiempo parece haberse detenido.
Sidemen es la Bali más auténtica, con paisajes que recuerdan a Ubud hace veinte años. Allí todo gira en torno al arroz, las ofrendas y el sonido de los ríos. Paseé entre campos, saludé a niños que volvían del colegio y terminé comiendo en una terraza frente al volcán Agung (que, por suerte, se mantuvo tranquilo).
Masajes, mercados y clases de cocina
Ubud también es perfecto para frenar el ritmo. Hay spas y centros de masaje por todas partes —los buenos rondan los 8–10 € la hora—, y un paseo por el mercado de arte os dará una idea del talento local: tallas, textiles y batik de todos los colores.
Si os apetece algo más aventurero…
Aunque yo no lo hice, muchos viajeros aprovechan su estancia en Bali para subir al volcán Batur. Es una excursión de madrugada (salida sobre las 2:00) y la subida se hace con linternas, acompañados por guías locales. Arriba, el amanecer con vistas al lago Batur parece impresionante. Cuesta entre 30 y 40 € con transporte y desayuno incluidos.
Días 14–18: Gili Air, la isla sin motores
Desde Padangbai tomamos un ferry rápido hacia Gili Air, una de las tres pequeñas islas al noroeste de Lombok (tarda 1h 30m y cuesta alrededor de 20 €). Y qué cambio. Después de la intensidad de Bali, amarrar aquí fue como bajar el volumen del mundo. No hay coches ni motos: se va en bici o a pie, y el sonido de las olas sustituye al tráfico.
Nos alojamos en el Villa Hoomea Private Pool, un pequeño oasis escondido entre callejones de arena. Por las mañanas servían zumos naturales y fruta fresca en el porche, con el sonido de las palmeras moviéndose con el viento.
Playas, snorkel y tortugas
Las playas del norte y el este son perfectas para el baño, y las del oeste regalan los mejores atardeceres, con el volcán Agung recortado al fondo. La actividad estrella, claro, es el snorkel. El agua es tan clara que desde la orilla se ven los corales, y con solo unos metros de nado empiezan a aparecer peces de colores. Contratamos una excursión local (unos 10–15 €) que recorre las tres islas —Gili Air, Gili Meno y Gili Trawangan— en una barca de madera que se mueve al ritmo del mar.
Os aconsejo llevar vuestra propia máscara y tubo (aunque yo alquilé una para unos días…) 😅. Si podéis, llevad también escarpines, porque en algunas zonas hay trozos de coral cerca de la orilla.
Gili Air tiene la mezcla justa entre tranquilidad y ambiente. No es tan fiestera como Gili Trawangan, ni tan silenciosa como Gili Meno. Hay pequeños cafés frente al mar, chiringuitos con farolillos de colores y locales donde la música en directo acompaña el sonido del mar.
💡 Tip práctico: llevad efectivo suficiente. Los cajeros a veces no funcionan o se quedan sin dinero, y muchos alojamientos no aceptan tarjeta.
Días 19–23: Lombok, la calma tras el viaje
El último tramo del viaje fue Lombok, lugar que muchos dejan fuera del itinerario y que, para mí, fue una de las grandes sorpresas (muy grata). Tiene todo lo que hace especial a Indonesia, pero sin el ruido ni el turismo de Bali: naturaleza en bruto y playas completamente espectaculares.
Norte de Lombok: el Rinjani Lodge y las vistas al volcán
Pasamos las dos primeras noches en el Rinjani Lodge, justo al pie del volcán Rinjani, una de las cosas que recomendaría sin duda ver en Indonesia. Todavía no sé si fueron las mejores vistas del viaje o simplemente las más inesperadas. El hotel se alza sobre una ladera cubierta de arrozales y palmeras, con una piscina infinita que se asoma al volcán, tan cerca que parece flotar sobre las nubes.
La zona norte es muy diferente del resto de Lombok: carreteras tranquilas, aldeas pequeñas y un paisaje que mezcla arrozales con jungla. Desde el hotel hicimos pequeñas caminatas por los alrededores y visitamos algunas cascadas cercanas, como Sendang Gile y Tiu Kelep, a las que se llega tras un paseo corto entre vegetación espesa. El agua está helada, pero después del calor del día se agradece.
Camino al sur: rumbo a Kuta Lombok
Tras dos días de montaña y silencio, pusimos rumbo al sur. La carretera que cruza Lombok es preciosa: arrozales, vacas pastando junto a la carretera y niños que saludan a cada moto que pasa. Tardamos unas cuatro horas en llegar a Kuta Lombok, con paradas improvisadas para comprar fruta y hacer fotos.
Kuta Lombok y las playas del sur
En Kuta Lombok nos alojamos tres noches. Queríamos algo tranquilo y espectacular a la vez para terminar el viaje, y fue el contrapunto perfecto. Aunque cada vez está más desarrollado, aún le queda para convertirse en lo que es ahora Bali. Aquí encontraréis un equilibrio entre lo local y lo viajero: cafés, warungs, tiendas pequeñas…
La playa de Tanjung Aan me robó el corazón: arena blanca como harina, agua turquesa y un ambiente casi vacío. Hay algunos warung frente al mar donde sirven zumos naturales y pescado a la parrilla, y las sombrillas de bambú parecen sacadas de una postal.
Muy cerca está Selong Belanak, perfecta para aprender a surfear o simplemente mirar cómo los locales se deslizan sobre las olas con una naturalidad pasmosa. Las escuelas alquilan tabla y monitor por unas 150.000 rupias (9 €).
Lombok fue el final ideal del viaje. Cuatro días que resumen lo que más me gusta de Indonesia: paisajes verdes, playas sin gente, comida sencilla y deliciosa, y la sensación constante de que el mundo va más despacio aquí. Cuando el avión despegó de regreso a Yakarta, aún tenía la cabeza medio en las montañas.
Consejos prácticos y presupuesto
💰 Presupuesto medio: unos 1.800–2.000 € por persona para 24 días, incluyendo vuelos internacionales, alojamientos, transporte y comida.
🍛 Comer en Indonesia es barato y delicioso: con 3–5 € tenéis platos como nasi goreng o mie goreng; los warung locales son siempre la mejor opción.
💧 Clima: de mayo a octubre es la estación seca (la mejor época para hacer una ruta por Indonesia).
🧘♀️ Cultura: en templos y pueblos, vestid con respeto (hombros y rodillas cubiertos).
📱 Conexión: siempre viajo con Holafly, ya que al tener datos ilimitados no me preocupo por nada. Si viajáis por libre como yo, esto os vendrá bien, ya que los mapas consumen bien de datos…Y sobre todo, no queráis verlo todo. Indonesia no se conquista, se saborea poco a poco.












