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Palacio de Linderhof: visita al rincón más íntimo de Luis II

Lo que más recuerdo de aquel día no fue el café de la mañana ni el autobús que casi pierdo, sino la primera imagen del palacio de Linderhof asomando entre los árboles, pequeño y brillante como una joya escondida en los Alpes. Había niebla, esa neblina suave que parece envolverlo todo, y de repente entendí por qué Luis II lo eligió como refugio.

Cómo llegar a Linderhof

Yo me alojaba en Oberammergau, lo cual es un lujo logístico porque el autobús os deja en la puerta del recinto en apenas 15 minutos. La verdad es que lo cómodo fue poder desayunar en calma, con vistas a las montañas y las fachadas pintadas del pueblo, y aún así llegar temprano. Si os pasa como a mí y os despistáis mirando los murales (lüftlmalerei), tranquilos: los buses son frecuentes y el trayecto es corto.

Desde Múnich, el plan cambia: podéis coger un tren hasta Oberammergau o Garmisch-Partenkirchen y después enlazar con bus. Calculad unas 2 horas y media en total. En coche es más directo, apenas hora y media, y las carreteras son panorámicas, de esas que dan ganas de parar cada diez minutos para hacer fotos. El parking cuesta 3 € al día y está justo en la entrada.

Si os quedáis en Garmisch, el trayecto hasta el castillo ronda los 40 minutos. Es buena opción si queréis aprovechar y combinarlo con el Zugspitze o el lago Eibsee, que están en la misma zona.

Un poco de historia del Palacio de Linderhof

Detrás de tanto dorado y tanta excentricidad hay una historia curiosa. El palacio de Linderhof fue el único de los grandes proyectos de Luis II de Baviera que llegó a terminarse en vida. No es casual que lo eligiera como refugio: el rey, apodado el “rey loco” (aunque en realidad era más soñador que otra cosa), buscaba aquí un lugar apartado donde escapar de la presión política de Múnich.

Inspirado por el esplendor de Versalles, mandó levantar un palacio mucho más pequeño y personal, casi un escondite de lujo. Por eso al castillo de Linderhof se le nota esa mezcla de grandeza y recogimiento: por fuera no impresiona tanto como Neuschwanstein, pero dentro es un derroche de detalles que reflejan su obsesión por el absolutismo francés y por las artes.

El propio entorno también tiene historia. El terreno pertenecía a una finca real donde ya existía una casita de caza. Luis II la transformó en lo que hoy conocemos como Linderhof Schloss, añadiendo después los jardines, el kiosco morisco y la famosa gruta de Venus de Linderhof, un ejemplo de cómo la fantasía del rey se mezclaba con la tecnología de la época.

En definitiva, más que un monumento es un retrato íntimo: un palacio que nos habla de un monarca solitario, enamorado del arte y de los sueños imposibles.

Qué hacer en el Palacio de Linderhof

Entrar al palacio de Linderhof es como meterse en un escenario. Todo brilla: dorados que casi ciegan, espejos que se multiplican hasta el infinito y lámparas de cristal que parecen suspendidas en el aire. La visita es guiada y dura unos 25 minutos, sin fotos permitidas, así que lo único que podéis hacer es mirar, escuchar y guardar detalles en la memoria. Yo me quedé hipnotizada en la Sala de los Espejos: cada ángulo parecía abrir otro pasillo interminable.

Cuando salgáis al exterior, no corráis a por el bus porque los jardines son casi otra visita en sí mismos. Entre escalinatas de piedra, fuentes que se activan de repente y templetes escondidos, cada paso sorprende. Subid hasta el kiosco morisco: desde allí el castillo de Linderhof en Baviera se ve como una maqueta perfecta, enmarcado por bosques y montañas.

Lo más excéntrico está un poco más allá: la gruta de Venus en Linderhof. Una cueva artificial con lago y barca en forma de concha, donde Luis II hacía iluminar el espacio con distintos colores según su humor. A mí me pareció un decorado de ópera, un punto extravagante pero adorable.

En lo práctico, que sé que es lo que queréis saber: la entrada cuesta 10 € (8 € la reducida) y si tenéis previsto visitar Herrenchiemsee podéis sacar el pase combinado por 11 €. El palacio abre todo el año, aunque con horarios distintos: de abril a octubre, de 9:00 a 18:00; de noviembre a marzo, de 10:00 a 16:00. Yo me enteré de este detalle la noche antes, mirando la web, y menos mal, porque si no me habría plantado allí demasiado tarde. El mejor momento para ir es a primera hora, cuando todavía no han llegado los grupos y se puede pasear con calma.

Yo estuve unas tres horas entre visita guiada y paseo por los jardines, y se me pasó volando.

Comer en la zona

Dentro del recinto hay un restaurante sencillo donde sirven los clásicos bávaros: schnitzel, sopa de gulash, salchichas y pretzels gigantes. Pero si os alojáis en Oberammergau, lo mejor es volver y comer en alguno de sus gasthof familiares. Yo probé un codillo con cerveza local que me dejó lista para la siesta.

En Garmisch-Partenkirchen hay más opciones y más variedad, desde restaurantes internacionales hasta pastelerías. Allí descubrí un apfelstrudel con helado de vainilla que justificaba por sí solo el desvío.

Alojarse cerca de Linderhof

Dormir en Oberammergau tiene mucho encanto: es tranquilo, pintoresco y está a un paso del castillo. Me alojé en una pensión con balcones de madera y flores, de esas que parecen decoradas para postal, y desayunar pan casero con mermelada mirando a las montañas fue casi tan especial como la visita en sí.

Si buscáis más ambiente, Garmisch-Partenkirchen ofrece hoteles de todas las categorías, vida nocturna y más conexiones. Es ideal si queréis una base para explorar varios puntos: Zugspitze, lago Eibsee o incluso excursiones hacia Austria.

Salí del Schloss Linderhof con la sensación de haber estado en un lugar íntimo, pensado para un rey solitario y soñador, más que para deslumbrar al mundo. No tiene la grandiosidad de Neuschwanstein ni la solemnidad de Herrenchiemsee, pero sí una magia discreta que se queda dentro.

Consejos para vuestra visita

  • Si vais en verano, lo mejor es reservar entradas online, porque los grupos son reducidos y se agotan rápido. Yo estuve unas tres horas entre la visita guiada y los jardines, así que calculad ese tiempo para disfrutarlo sin prisas.
  • Llevad calzado cómodo: los caminos del parque tienen cuestas y escaleras, nada dramático, pero si llueve puede haber barro en algunas zonas.
  • En invierno el frío de Linderhof no es cualquier cosa: esa humedad alpina se mete por dentro aunque lleves guantes, y yo agradecí cada capa extra que me puse. Vamos, que mejor exagerar con la ropa que quedarse corta.
  • Y si podéis elegir época, os diría que primavera y verano son un espectáculo, con las fuentes encendidas y las flores a pleno color.

Ana Fernández de Tejada

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