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Lago Eibsee: rutas, paisajes alpinos con el Zugspitze de fondo

Aquella mañana en Garmisch me levanté antes de que sonara la alarma. Miré por la ventana y vi el cielo limpio, azul frío, de esos que anuncian buen día de montaña. Al final me puse los guantes a toda prisa, ajusté el gorro y salí casi corriendo hacia el teleférico del Zugspitze. Serían poco más de las ocho cuando me subí a la cabina, todavía medio dormida, pero con ese hormigueo de “madre mía, en nada estoy en la cima de Alemania”. Ese día era intenso, con la montaña más alta de Alemania y senderismo por el Lago Eibsee en el mismo día.

La subida fue un suspiro, y de repente me encontré allí arriba, con el viento helado en la cara y los Alpes desplegándose a mi alrededor. No hacía falta decir nada: solo mirar. Entre tanto blanco, abajo se distinguía el lago Eibsee, como una mancha turquesa en miniatura. Y en ese momento me prometí: “hoy, después de bajar, lo rodeo sí o sí”.

El teleférico cuesta unos 65 € ida y vuelta, y aunque duele un poco en el bolsillo, creedme que lo compensa. Si vais pronto, como hice yo, apenas encontraréis cola y tendréis un rato de calma en la cima antes de que lleguen los grupos. El aire allí arriba corta, pero también despeja la mente.

Pues bien, al bajar cambié el hielo por el agua tranquila del lago. El contraste fue brutal: de la inmensidad alpina a un rincón íntimo, casi silencioso. Y claro, el lago Eibsee no decepcionó.

Cómo llegar al lago Eibsee

Llegar es sencillo. Desde Garmisch-Partenkirchen podéis coger el autobús que va directo hasta el lago en unos 40 minutos (unos 10 € ida y vuelta). Yo lo había usado el día anterior y funciona de maravilla. Si preferís ir en coche, el aparcamiento está justo al lado, aunque se llena rápido y cuesta unos 8 € el día entero. En cualquier caso, lo tendréis fácil: el lago está pegado a la estación del teleférico al Zugspitze, así que podéis hacer como yo y enlazar las dos experiencias.

Rodear el Eibsee

El sendero circular que bordea el lago tiene unos 7 km. En invierno, como me tocó a mí, es un camino de nieve compacta que suena bajo las botas y huele a bosque húmedo. En verano podéis incluso alquilar barcas o daros un baño, pero en diciembre lo que toca es pasear sin prisa.

Yo tardé algo más de dos horas porque me detuve mil veces. Cada curva me ofrecía un ángulo distinto: el reflejo del Zugspitze en el agua, las pequeñas islas que parecen flotar, el contraste del verde esmeralda con la nieve. Hubo un banco donde me senté solo a escuchar… y a reírme un poco de mí misma por haber cargado con un termo de café que se enfrió antes de tiempo. Aun así, no sabéis lo bien que sienta un sorbo caliente con ese paisaje delante.

Comer en la zona del Lago Eibsee

Tras la caminata, el cuerpo pide algo más que café. Justo al lado del lago está el Eibsee Hotel, donde podéis comer con vistas al agua. Tienen platos típicos bávaros —sopa, schnitzel, cervezas locales— y lo mejor es sentarse junto a la ventana para seguir disfrutando del paisaje.

Si preferís algo más informal, también hay kioscos y puestos (sobre todo en verano) donde pillar un bocadillo o una bratwurst. En invierno está más tranquilo, pero se agradece ese ambiente pausado.

Consejos prácticos para visitar el lago Eibsee

  • Mejor época: en verano podéis bañaros, alquilar barcas y ver el lago en todo su esplendor turquesa. En invierno la estampa nevada es mágica y mucho más tranquila.
  • Tiempo necesario: reservad al menos medio día si solo vais al lago. Si queréis combinarlo con el Zugspitze, pensad en un día completo.
  • Qué llevar: calzado cómodo (en invierno, botas con buen agarre), algo de abrigo incluso en verano y, si sois de los que madrugan poco, algún tentempié porque las rutas abren el apetito.
  • Duración del paseo: la vuelta completa son unos 7 km, unas 2 horas y media con paradas. Fácil y sin apenas desnivel.
  • Truco extra: id temprano o al atardecer. Evitaréis multitudes y tendréis esa luz que convierte las fotos en puro recuerdo.

El Zugspitze me dio la sensación de tocar el cielo y el lago Eibsee me devolvió a la calma de la tierra. Los dos se complementan y, si vais hasta allí, os recomiendo de verdad vivir ambas experiencias seguidas. Tras todo ello, una buena sopa caliente en Garmisch-Partenkirchen fue el cierre perfecto a una jornada brutal.

Ana Fernández de Tejada

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