Todo empezó con un antojo muy sencillo: quería pasar un día fuera de Salzburgo descubriendo un rincón de montaña y un castillo de película. Y ahí estaban dos nombres: la cascada de Golling y el castillo de Hohenwerfen. Me sonaba a plan perfecto de invierno: sendero entre bosques, agua cayendo con fuerza y un castillo medieval rodeado de montañas nevadas.
No os voy a mentir, en mi cabeza la cosa sonaba muy de cuento. Y aunque durante el trayecto tuve un pequeño percance (me caí con el macuto a cuestas y me abrí un poco la nariz – nada grave–), decidí continuar mi camino tras la ayuda de un hombre que paró su coche para darme una tirita y un poco de desinfectante al ver el percal…
Cómo llegar a Golling y al castillo
Yo partí de Salzburgo, ya que están muy cerca en tren. En la estación de tren compré un billete hasta Golling-Abtenau, que me costó unos 7 € y tardó apenas media hora. La estación es pequeñita, con ese aire de pueblo tranquilo donde parece que nunca pasa nada. Desde allí podéis caminar unos 20 minutos hasta el inicio de la ruta, atravesando el pueblo.
Si preferís ir en coche, es todavía más sencillo: desde Salzburgo se toma la autopista Tauernautobahn A10 hasta la salida de Golling. Eso sí, recordad que en Austria hay peajes y que necesitaréis la famosa viñeta en el parabrisas. Una vez allí, seguid las señales hasta el aparcamiento P2, donde podéis dejar el coche por unos 5 € todo el día. Desde el parking hasta la entrada de la cascada son solo diez minutos andando, así que resulta muy cómodo.
Tras la caminata por Golling me encontré con el cartel que señalaba el sendero hacia la cascada. En invierno el acceso es más limitado porque las taquillas suelen cerrar, pero podéis acercaros igualmente. En temporada normal la entrada cuesta unos 5 € para adultos, 3 € para niños o jubilados, y 12 € la entrada familiar. Con la Salzburg Card, además, os sale reducido (3 € los adultos y 1,5 € los niños).
Para llegar después al castillo de Hohenwerfen, lo más práctico es volver a la estación de tren y tomar otro regional hasta Werfen, apenas diez minutos. Desde la estación hay lanzaderas que suben al castillo, aunque si os veis con ánimo también podéis hacer el paseo a pie (unos 20-25 minutos cuesta arriba). Yo, con el suelo medio helado, preferí el bus.
Cómo hacer la ruta a la cascada de Golling
En invierno, cuando fui yo, estaba todo bastante tranquilo y sin taquillas abiertas, pero en temporada normal la entrada cuesta unos 5 € (3 € si sois estudiantes o jubilados, e incluso 12 € la entrada familiar). Si lleváis la Salzburg Card os saldrá más barato, algo a tener en cuenta si pensáis hacer esta ruta.
La ruta es muy sencilla, incluso en invierno, aunque debido a la nieve que puede haber os recomiendo llevar buen calzado. El sendero serpentea entre árboles y, poco a poco, vais escuchando ese rugido constante del agua. Cuando al fin se abre el claro y aparece la cascada, el espectáculo es brutal.
El agua caía con una fuerza tremenda, y no es de extrañar, ya que son 100 metros de caída: primero unos 75 metros y luego otro salto de 25. Imaginaos estar ahí sola, en diciembre, con la bruma helada pegándome en la cara después de una buena leche… No hacía falta café para espabilar.
La cascada Gollinger, también llamada Schwarzbachfall, tiene un caudal impresionante: puede llegar a mover hasta 15.000 litros de agua por segundo en época de deshielo.
Y ya como detalle histórico: resulta que la cascada se “abrió al mundo” en 1805 gracias a un príncipe que quiso compartir este lugar con los visitantes. Hoy sigue siendo uno de los sitios más visitados de la región, aunque en invierno, os prometo, parece casi un secreto.
Lo gracioso es que me empeñé en sacar una foto sin guantes. Resultado: dedos congelados en menos de un minuto. Pero bueno, sacrificios del viajero, ¿no? En verano, por cierto, la ruta es más completa porque podéis recorrer pasarelas que se adentran junto al cauce. En invierno, aunque el recorrido sea más corto, el ambiente nevado tiene otro encanto.
Ver el castillo de Hohenwerfen
De un bosque helado pasé, casi sin transición, a una fortaleza que parecía de cartón piedra. El castillo de Hohenwerfen impresiona desde abajo, pero cuando subes y cruzas sus murallas entiendes por qué tantos lo llaman de película. Literalmente: aquí se rodaron escenas de La gran evasión y El desafío de las águilas.
La entrada me costó unos 16 €, visita guiada incluida. En diciembre los horarios eran más reducidos, de 9:30 a 16:00, pero suficiente para recorrerlo con calma (y entrar en calor entre sala y sala). Nada más franquear la puerta me topé con un guía que, con una capa medieval y un “Willkommen!” entusiasta, consiguió arrancarme una sonrisa… y un poco de vergüenza ajena también, no lo voy a negar.
La visita va pasando por cocinas oscuras, pasadizos y un museo de armas donde imaginaba a los soldados cargando aquellas piezas imposibles de levantar. Pero lo que de verdad me dejó clavada fue subir a la torre: frente a mí, los Alpes nevados; abajo, el Salzach serpenteando entre valles; y yo, con la bufanda hasta la nariz, intentando no congelarme los dedos mientras hacía fotos.
En verano el castillo presume de una exhibición de cetrería muy completa, pero en invierno es más discreta. Yo tuve suerte: un halcón se lanzó en vuelo justo por encima de los muros y, os juro, fue uno de esos segundos en los que parece que todo se detiene.
Lo mejor es que, más allá de los espectáculos, el castillo austriaco de Schloss Hohenwerfen tiene esa fuerza en sus muros gruesos y puertas pesadas que te hacen pensar en épocas menos amables. Yo solo estuve un rato y ya tenía los pies congelados; no quiero ni imaginar lo que era pasar un invierno entero aquí dentro.
Comer en la zona
Después de tanto frío y piedra medieval, me lancé directa a por comida. En Golling probé un restaurante familiar donde pedí un schnitzel enorme, acompañado de ensalada de patata. Calorías necesarias, os lo aseguro. El plato costaba unos 12 €, y con una cerveza (porque el glühwein ya sabéis que no lo soporto) quedé más que feliz.
En Werfen también hay varias tabernas austriacas de esas con manteles de cuadros y sopa humeante. Si vais en invierno, os recomiendo probar una sopa de calabaza o un gulash. Reconforta más que cualquier calefactor.
Un día redondo entre Golling y Hohenwerfen
Al acabar la visita, con las botas empapadas y la nariz roja como un semáforo, subí al tren rumbo a Mittersill. Ya no me bajé en Salzburgo: mi plan era dormir allí. Reconozco que me quedé medio dormida en el asiento, bufanda hasta los ojos, con esa sensación rara de estar agotada pero contenta a partes iguales.
Cuando llegué al pueblo ya era de noche. Calles en silencio, luces navideñas tímidas en los balcones y ese humo de chimeneas que huele a invierno de verdad. Me esperaba una cena rápida y una ducha larga (de esas que te devuelven la vida). Mientras me metía en la cama pensé: “menudo día… he visto la cascada de Golling y el castillo de Hohenwerfen casi del tirón”.
Si tuviera que quedarme con dos momentos, lo tengo claro: el estruendo helado del agua cayendo y la vista desde la torre del castillo. Muy distintos, sí. Pero igual de potentes.
Consejos prácticos
- Transporte: tren regional desde Salzburgo a Golling (30 min) y luego a Werfen (10 min). Bien conectados y con buena frecuencia.
- Entradas: cascada de Golling, 5 € (cerrado en invierno, pero se puede acceder); castillo de Hohenwerfen, 16 € con visita guiada.
- Mejor época: en verano tendréis más actividades y pasarelas abiertas; en invierno el ambiente nevado es único.
- Calzado: imprescindible buen calzado si vais en diciembre o enero, el hielo no perdona.
- Comida: schnitzel, sopas y cerveza local. Olvidaos del glühwein si sois como yo.
¿Sabéis qué pensé al volver a casa? Que a veces los mejores planes son los que mezclan un poco de naturaleza salvaje y un castillo imponente. Y que Austria, en eso, juega con ventaja.












